Castillos en Baviera

8 nov

Neuschwanstein es un castillo situado a unos 90 minutos de Múnich, en los Alpes, construido por Luis II de Baviera (Ludwig II), también conocido como “el rey loco”.

Loco, por casi llevar la rica región de Baviera a la bancarrota para construir ostentosos castillos donde poder disfrutar de su soledad.  El rey, una persona tímida y excéntrica, hizo construir los castillos de Linderhof y de Neuschwanstein inspirándose en el reinado de  Luis XIV, el rey sol, que vivió dos siglos antes que él en Francia.
Ambos castillos se situan en enclaves únicos en plena naturaleza; desde ambos, el rey podía disfrutar de la vista de una cascada o un lago desde su habitación. El castillo de Linderhof (www.linderhof.de) es de menor tamaño y sus espejos, el oro y la decoración barroca recuerdan al palacio de Versalles. Neuschwanstein (www.neuschwanstein.de ) es mucho mayor (aunque sólo pueden visitarse algunas salas) y mezcla estilos muy diferentes.
Castillo de Neuschwanstein
El castillo posee un salón dedicado a los caballeros de la Edad Media con columnas y ventanas de madera oscura que recuerdan a una iglesia románica, un dormitorio con arcos ojivales y decoración gótica y una sala del trono con una cúpula dorada que recuerda al estilo bizantino. Un pasillo excavado en la roca (que lleva de una dependencia a otra) se construyó para ser el escenario ideal para una de las óperas de Wagner, enormemente admirado por el rey y que nunca visitaría el castillo, ya que fue alejado del rey por sus consejeros,  alegando que el artista ejercía demasiada influencia sobre él. Ludwig II conocía bien la obra de Wagner y no escondía que se sentía identificado con Parsifal, una de sus óperas.
El castillo no se construyó para hacer fiestas y acoger invitados, sino para que el rey pudiese estar solo y alimentar su mundo de fantasía (que más tarde inspiraría a Disney). 
Ante tanto despilfarro, los consejeros del rey decidieron que éste no era apto para gobernar. Al día siguiente de ser encerrado, el rey declarado loco aparecía ahogado, junto al médico que había firmado su certificado, en un lago cercano a Múnich. Una muerte en extrañas circunstancias que nunca fue aclarada aun sabiendo con certeza que el rey era un excelente nadador.
Aunque las inversiones del rey no contasen con la aprobación de sus súbditos, hay que reconocer que dejó un patrimonio digno de visitar. Y, a juzgar por el número de visitantes y el precio de la entrada, estoy segura de que se acabará por amortizar el coste de los castillos.
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