Bill Viola en el Grand Palais

23 Mar

Cartel-Viola-GrandPalaisDesde hace algunas semanas y hasta el 21 de julio, algunas de las obras del artista Bill Viola pueden verse en el Grand Palais de París – www.grandpalais.fr . Si no conocéis a este videoasta, os recomiendo echar un vistazo ahora mismo a su página web http://www.billviola.com

Pantallas enormes, otras más pequeñas y telas usadas como pantallas sirven para mostrar el original trabajo de Bill Viola, que  juega con el tiempo y las imágenes en sus cortometrajes. Los cambios se suceden lentamente para alimentar la incertidumbre del público, que se pregunta qué es lo que va a suceder. Y si el impaciente espectador mira a otra obra mientras espera que pase algo, es probable que se pierda un momento crucial de la historia contada por Viola.
Los temas tratados son recurrentes : el fuego, el viento en el desierto, la vida y la muerte… y la presencia del agua, casi constante en la selección que se expone en el Grand Palais y que tiene un rol tan importante, que no para de recordarnos donde está la frontera entre la vida y la muerte. Frontera conocida por el artista, que casi muere ahogado a la edad de 6 años.

Un pequeño consejo si vais a visitar la exposición : cuando lleguéis a la escalera donde pone « Exit », no creáis que la exposición se acaba ; deberían haber escrito « suite de la visite » (continuación de la visita). Como parece que es el final, la gente tiende a quedarse más rato en la última sala de antes de bajar, arriesgándose a tener menos tiempo para las obras expuestas abajo si se acerca la hora de cerrar.

Y un último consejo: comprad las entradas por internet para ahorraros las largas colas tan habituales en París. La exposición está abierta cada día hasta las 22h (menos los martes), buena medida para luchar contra el exceso de gente en las salas.

Un museo en Venecia…

4 Dic

Ha sido tan solo en mi cuarta visita a Venecia cuando he tenido tiempo para visitar algo un poco diferente de las típicas visitas turísticas que ya había hecho en esta ciudad: los paseos en góndola, el mercadillo en el puente de Rialto, la piazza San Marco y las islas de la laguna, (Murano y Burano, para ver los talleres en los que se trabaja el cristal)…

Grand Canal, Venice

Es bastante normal visitar museos cuando se viaja, pero aún no había tenido la ocasión de hacerlo en Venecia. El museo Guggenheim (www.guggenheim-venice.it) no está lejos de la Gallerie dell’ Accademia, que da nombre al puente de madera sobre el mayor canal de la ciudad y contrariamente a la mayoría de museos, está abierto los lunes. Situado entre dos canales (no podía ser de otra manera), el museo se estructura en torno a su jardín, en el que algunas esculturas dan paso a las diferentes salas: la exposición permanente, la exposición temporal (tan grande como la permanente) y el café-restaurante.

Durante la visita, me llamó la atención ver que entre las obras de Pollock, Braque, Chagall, Miró y Dalí, también había fotos de Peggy Guggenheim. Fijándome más, me dí cuenta de que la casa de Peggy era el mismo edificio que ahora ocupa la colección de arte. Aún están allí la mesa y las sillas del comedor y la discreta chimenea puede apreciarse en alguna foto, así como los cuadros que habían sido parte de la decoración de su casa. Parece ser que la mecenas se enamoró de la ciudad durante una visita a la Biennale y no faltándole los medios para hacerlo, se instaló allí.

El conjunto del museo se impregna de la huella personal de la que fue su propietaria y creadora, lo que despierta la curiosidad y simpatía del visitante hacia Peggy. Una foto suya posando con unos pendientes hechos para ella por Alexander Calder o otra paseando en góndola, hacen parte de los detalles que nos acercan a su persona y que hacen del museo un lugar más íntimo.

Peggy Guggenheim

Tan solo al final de la visita, me llamaron la atención dos placas en un rincón del jardín. En una de ellas figura el nombre de Peggy, allí enterrada. Justo a su lado, en otra placa que reza My babies (mis bebés) se lee una lista de al menos una decena de nombres (unos más originales que otros) y fechas. Se trata de los perros que habían compartido sus días con Peggy y por los que ella sentía devoción. Delante de la tumba hay un gran olivo con una pequeña placa que indica que fue un regalo póstumo de Yoko Ono a Peggy, ahora llamado árbol de los deseos, en el que los visitantes pueden escribir sus deseos en papeles que cuelgan en sus ramas.

Castillos en Baviera

8 Nov

Neuschwanstein es un castillo situado a unos 90 minutos de Múnich, en los Alpes, construido por Luis II de Baviera (Ludwig II), también conocido como “el rey loco”.

Loco, por casi llevar la rica región de Baviera a la bancarrota para construir ostentosos castillos donde poder disfrutar de su soledad.  El rey, una persona tímida y excéntrica, hizo construir los castillos de Linderhof y de Neuschwanstein inspirándose en el reinado de  Luis XIV, el rey sol, que vivió dos siglos antes que él en Francia.
Ambos castillos se situan en enclaves únicos en plena naturaleza; desde ambos, el rey podía disfrutar de la vista de una cascada o un lago desde su habitación. El castillo de Linderhof (www.linderhof.de) es de menor tamaño y sus espejos, el oro y la decoración barroca recuerdan al palacio de Versalles. Neuschwanstein (www.neuschwanstein.de ) es mucho mayor (aunque sólo pueden visitarse algunas salas) y mezcla estilos muy diferentes.
Castillo de Neuschwanstein
El castillo posee un salón dedicado a los caballeros de la Edad Media con columnas y ventanas de madera oscura que recuerdan a una iglesia románica, un dormitorio con arcos ojivales y decoración gótica y una sala del trono con una cúpula dorada que recuerda al estilo bizantino. Un pasillo excavado en la roca (que lleva de una dependencia a otra) se construyó para ser el escenario ideal para una de las óperas de Wagner, enormemente admirado por el rey y que nunca visitaría el castillo, ya que fue alejado del rey por sus consejeros,  alegando que el artista ejercía demasiada influencia sobre él. Ludwig II conocía bien la obra de Wagner y no escondía que se sentía identificado con Parsifal, una de sus óperas.
El castillo no se construyó para hacer fiestas y acoger invitados, sino para que el rey pudiese estar solo y alimentar su mundo de fantasía (que más tarde inspiraría a Disney). 
Ante tanto despilfarro, los consejeros del rey decidieron que éste no era apto para gobernar. Al día siguiente de ser encerrado, el rey declarado loco aparecía ahogado, junto al médico que había firmado su certificado, en un lago cercano a Múnich. Una muerte en extrañas circunstancias que nunca fue aclarada aun sabiendo con certeza que el rey era un excelente nadador.
Aunque las inversiones del rey no contasen con la aprobación de sus súbditos, hay que reconocer que dejó un patrimonio digno de visitar. Y, a juzgar por el número de visitantes y el precio de la entrada, estoy segura de que se acabará por amortizar el coste de los castillos.

Energía islandesa

30 Oct

Cuando se aterriza en Islandia, se tiene la sensación de que se está lejos de todo. Menos del Blue Lagoon (la laguna azul, piscina natural de agua caliente enorme, una de las principales atracciones turísticas del país y que está muy cerca del aeropuerto). Al coger el autobús que va del aeropuerto al centro de su capital, Reikiavik, no se ven casas al lado de la carretera, ni árboles, ni tráfico, ni edificios altos en el horizonte. Solo rocas y arena negra  por todas partes.

Me alojaba en el albergue oficial de Hostelling International (www.hihostels.com) uno de los mejores albergues donde he estado nunca. Allí todo es grande, limpio, nuevo, cómodo, enseguida te sientes como en casa. Sin hablar de las enormes  cocinas donde es usual compartir alguna comida con otros huéspedes. Aunque también recuerdo el fuerte olor de azufre (a huevo) al abrir los grifos (evidentemente la causa no eran las tuberías del albergue sino la característica geología islandesa) así como la luz que entra en la habitación ya pasada la media noche (por suerte tienen persianas).

Como es costumbre en los albergues, en la recepción puede encontrarse todo tipo de información sobre las excursiones, visitas guiadas, salidas nocturnas, etc. Lo que a mí me interesó, era una excursión de todo el día que se componía de diferentes etapas: la primera, era la planta de energía geotérmica a proximidad de la capital, Hellisheidarvirkjun, (sí claro, he tenido que buscar el nombre, si no, cualquiera se acuerda…)  Desde allí se visitaban varios parques naturales, para disfrutar del paisaje y ver los géiseres, de los que el más conocido, hace una erupción cada 7 minutos (no es difícil imaginarse al grupo de turistas con las cámaras rodeándolo esperando el momento). Después, nos llevaban a otro parque donde podían intuirse, formando con sus formas el decorado, las placas tectónicas americana y europea, una frente a la otra.

Lo menos interesante, sin lugar a dudas para mí, era la visita a la “fábrica”, pero bueno, hacía parte del paquete…

Al día siguiente, un pequeño autocar pasó a recogernos al albergue. Aunque era el mes de mayo, la situación geográfica de Islandia hace que el tiempo sea muy variable, es casi como tener todas las estaciones del año cada hora. Hay que agradecer que las corrientes de agua caliente que pasan bajo la isla hacen que nunca se alcancen temperaturas tan bajas como en otros puntos situados a su misma latitud.

Al final, lo de estar dentro de la planta geotérmica no fue tan mala idea, al menos no hacia frío, ni llovía (o granizaba). La guía nos acogió  y nos invitó a sentarnos en unas grandes escaleras en el hall de entrada. Cuando empezó a explicarnos el rol que tuvo Hellisheidi , actualmente la segunda planta geotérmica más grande del mundo, para el desarrollo  del país , entendí que aquella visita era necesaria.

Parque natural en IslandiaBlue Lagoon, Iceland

Islandia (tierra de hielo) , antes de ser el estado de bienestar rico y  ejemplar (o al menos eso nos parece en los países del sur) fue un país pobre y contaminado. Su clima poco agradable y sus tierras áridas no permiten el cultivo ni favorecen la existencia de bosques. El país se veía obligado a importar materias primas como la leña o el carbón de otros países para que sus habitantes pudieran hacer frente a las bajas temperaturas invernales.

La suerte del país cambió después de la Segunda Guerra Mundial. Islandia, “invadida” por las tropas inglesas primero y por las americanas después, fue un punto estratégico entre los continentes americano y europeo, donde los aviones americanos podían parar a repostar, antes de alcanzar la entonces lejana Europa. Esta colaboración le valió a Islandia el poder beneficiarse del Plan Marshall, que contribuiría al desarrollo de la gestión de la principal fuente de energía del país.

La energía geotérmica calienta actualmente los hogares islandeses de manera limpia y económica. Incluso ahora es esta pequeña isla quien tiene la opción de exportar su energía y de aconsejar a otros cómo hacer lo mismo. Todo un ejemplo de desarrollo inteligente.

Aprendí mucho durante la visita a Hellisheidarvirkjun, pero como no hay que exagerar,  he preferido poner una foto del Blue Lagoon y una en un parque natural (de cuyo nombre no puedo acordarme); que ilustran mejor el atractivo de Islandia que las de sus centrales de energía.

 

Un fin de semana en Lyon

7 Oct

Hace unas semanas fui a pasar un fin de semana a Lyon. Iba a visitar a una amiga que se había instalado allí hacía unos meses. Viniendo de París, « casi todo » parecen ventajas : los apartamentos tienen el doble de metros cuadrados por el mismo precio que en París, es mucho más fácil encontrar aparcamiento, las mesas en el restaurante no están pegadas con las de gente que no conoces  y el metro es mucho más amplio, limpio y moderno.

Yo ya conocía la ciudad, pero hacía algunos años que no iba. Uno de los recuerdos que tenía era la dificultad que tuve para encontrar un restaurante japonés entre los típicos bouchon  leoneses, como se denominan allí los restaurantes de cocina tradicional. Eran los años en que empezaba a extenderse la “moda” del sushi y empezaba mi adicción. Diría que este aspecto ha mejorado y que hay más variedad, aunque quizá la diferencia sea que ahora se pueden buscar con una aplicación de móvil, lo que hace mucho más fácil su localización…

No recordaba que Lyon fuera tan medieval como me lo ha parecido esta vez. Quizá sea porque paseé bastante por la zona de la presqu’ile,  la “casi isla”, ya que esta zona se sitúa entre los dos ríos que cruzan la ciudad, el Saona y el Ródano (la Saone et le Rhone, suena mejor en francés).

En la parte más antigua de la ciudad, conocida como le vieux Lyon además de la típica catedral, puede visitarse un anfiteatro romano muy bien conservado. Como esta zona ya la conocía, quise ir al parque de la Tête d’Or: una amiga me había asegurado que valía pena y  yo no me imaginaba que Lyon pudiese tener una zona verde y de recreo tan grande dentro del espacio urbano.

Flamencos en el parque de la Tête d'Or (Lyon) Cebra  Cocodrilo en el parque de la Tête d'Or (Lyon)El parque de la Tête d’Or (de “la cabeza de oro”) es un parque como los que tendrían que existir en cualquier ciudad que se precie: en el interior uno se olvida de que está en una ciudad, solo pueden verse árboles y campos verdes alrededor. No se ven los edificios ni se oye el tráfico. Muchas ciudades europeas poseen parques de estas características pero, no tienen animales. Sí, animales, como en un zoo, pero no es un zoo. No me gustan los zoológicos porque encierran a los animales y les imponen condiciones de vida poco dignas. Pero este parque me pareció diferente.

Para empezar, la entrada al parque es gratuita. Y nada de jaulas, el parque está organizado por sectores, dejando grandes espacios a los animales para que puedan pasearse sin ser molestados. El agua de un estanque los separa de los visitantes.

Para los animales más peligrosos, como los cocodrilos o los monos (e incluso una pantera!) ” la libertad” es más reducida, ya que sí que existen vidrios de protección, que aunque encierran a los animales, les dejan espacio para correr, jugar  y saltar con comodidad. Una jirafa se paseaba con sus amigos bueyes como si saliesen de la película del Rey León,  los patos buceaban en busca de comida, las cebras ignoraban a los visitantes negándose a mirarlos y los cocodrilos pretendían ser estatuas para que la gente esperase a ver un simple parpadeo.

Lyon

photo

Tuve mucha suerte de poder visitar el parque antes de que empezase a llover. Como la lluvia no paró en toda la tarde, me refugié en el museo Gadagne, (http://www.gadagne.musees.lyon.fr/) , que incluye el museo de historia de la ciudad y el de las marionetas.

El museo de historia tiene muchas salas  y es que hay muchas cosas que contar! : Lyon en la época romana y su papel como capital de la Galia, la resplandeciente industria téxtil que la hacía formar parte de la ruta de la seda ( en la ciudad pueden visitarse pasajes por los que se transportaban las telas sin necesidad de salir al exterior) y el rol que tuvo durante la Francia ocupada en la II guerra mundial; entre muchos otros capítulos de la historia.

Y las marionetas, pues cuentan con mucha afición en esta región. Guignol, además de ser el nombre de las representaciones, es también el nombre de una marioneta (la que está a la derecha del todo de la foto)  cuyo creador era de Lyon.  Aparte de verlas en las tiendas como souvenirs, existen numerosas asociaciones de guiñol.

Como todos los fines de semana, éste también se acabó, y cogí el TGV (el Ave francés) para volver a París. En tan solo dos horas, ya volvía a caminar por las estrechas aceras de la capital.

Me gustaría volver a Lyon para la Fête des Lumières (fiesta de las luces), quizá el evento más célebre de la ciudad, durante el que se hacen espactáculos de imagen y sonido en las fachadas de los  principales edificios, a principios de diciembre. Tendré que preguntar a mi amiga Audrey si me vuelve a invitar ; )

Canaima y el Salto del Angel (Venezuela)

3 Sep

Nos despertamos temprano en Ciudad Bolívar para ir al aeropuerto. Esta vez no íbamos a coger un” avión de verdad”, sino una avioneta, pero eso aún no lo sabíamos. Es curioso como incluso hablando el mismo idioma, hay cosas que no son obvias. El avión en cuestión, debía llevarnos a Canaima, desde donde iríamos al Salto del Ángel.

Una vez en el aeródromo, nos hicieron esperar algunas horas. A lo largo del viaje, Sandra y yo tuvimos que aprender a ser pacientes (qué remedio! ) y a adaptarnos al ritmo y manera de hacer caribeñas, aunque siempre hay personas (yo me considero dentro de este grupo) a quién les cuesta más que a otras… Cada vez que alguien pedía nuestro pasaporte y al ver que era español, se nos felicitaba inmediatamente por la reciente victoria de la selección de fútbol en el Mundial. Enseguida la conversación se extendía demasiado en los mostradores de los aeropuertos con filas de gente acalorada esperando . Agradable, cierto, pero poco eficiente también…

Nunca había subido en una avioneta y disfruté de la media hora de trayecto. Era una pequeña avioneta de seis plazas con una llamativa tapicería de leopardo que olía a tigre. Volábamos bajo las nubes y pudimos disfrutar de un paisaje espectacular. El color rojizo de la tierra se mezclaba con las zonas de vegetación que se acumulaban en las orillas del río, y las cataratas, vistas desde arriba, parecían dibujos hechos con espuma en el agua. La visión de esta mezcla de formas y colores me hizo pensar que estaba sobrevolando un mapa.

Vista aérea

Aterrizamos en Canaima. El aeródromo (además de la pista de aterrizaje), se componía de unas cabañas con baños y unos vendedores ambulantes. Desde allí nos llevaron al pequeño poblado en plena naturaleza, donde nuestros bungalows estaban muy cerca de una de las escuelas locales. La señalización se limitaba a algunos paneles con la palabra “playa”, y esa es la dirección que seguimos. La laguna de Canaima es fácilmente reconocible en las fotos por sus tres palmeras y el color cobrizo de sus aguas.

Nuestros guías ya nos habían hablado de los “puri-puri”, unos pequeñísimos y molestos mosquitos a los que les gusta picar a los bañistas. El problema es que en esa zona, además de los picores, pueden causar malaria, por eso nos insistían en protegernos debidamente. Por suerte, pudimos disfrutar del baño tranquilamente.

Tras acomodarnos en los bungalows, conocimos al resto del grupo que venía a hacer la excursión al salto del Ángel: australianos,  europeos y una pareja de Caracas. Esa misma tarde, nuestro guía nos llevó en canoa al punto de partida para hacer un trekking por el parque natural, con numerosos “tepuys”, características montañas con la cima plana, como si fueran mesas. Los indígenas pemones (como nuestro guía), los llaman la “morada de los dioses” en su lengua. La excursión fue un adelanto de lo que nos esperaba al día siguiente: nos ayudó a familiarizarnos con las canoas y a conocernos mejor entre nosotros.

CanaimaA la mañana siguiente, partimos en un bote con motor desde Canaima. Llevábamos puestos los salvavidas y reinaba un entusiasmo general. El trayecto en bote duró un par de horas, pero hicimos algunas paradas por el camino: para refrescarnos con un baño en el Salto del Sapo (pequeña catarata) y para comer. Según las explicaciones del guía, las raíces de los árboles eran la causa del color cobre del agua . En cada orilla, la vegetación era exuberante y a pesar de la belleza del paisaje que nos rodeaba, las ganas de llegar aumentaban a medida que el bote se iba volviendo cada vez más incómodo. Estábamos en verano, era la mejor época del año para ir al Salto del Ángel: durante la temporada de lluvia, la catarata va cargada de agua y el espectáculo es increíble.

De camino al Salto del AngelUna vez que bajamos del bote, teníamos un par de horas de marcha para llegar a la cima enfrente del Salto, el mejor punto para observar la caída del agua. Hacía calor, pero nos abrimos camino entre la frondosa vegetación a buen ritmo, teníamos el tiempo justo para hacerlo antes de que empezara a anochecer. No podíamos apreciarlo desde el interior del bosque, pero las nubes estaban sobre nosotros.

Una vez en la cima, pudimos descubrir la catarata en todo su esplendor. El Salto del Angel o Salto Angel debe su nombre a un aviador estadounidense, Jimmy Angel, que posó su avioneta en la cima.  Nosostros nos encontrábamos a menos de 100 metros de distancia, y aunque habíamos subido a una cierta altura, el Salto del Ángel era aún más alto (por algo es la catarata más alta del mundo! 979 metros, según wikipedia).  Después de hacer algunas fotos de grupo (con cuidado de no caernos de las rocas donde estábamos), nos sentamos a disfrutar de la vista. Escuchamos el agua y seguimos su recorrido con la mirada, desde que la veíamos caer, con el vapor que iba dejando a su alrededor, hasta que rompía contra las rocas que la esperaban abajo.

Y entonces… empezó a llover. Esto precipitó el descenso (tardamos la mitad de tiempo que en subir) y aunque esta vez sí llevábamos impermeable, no fue agradable hacer el descenso bajo la lluvia torrencial, con poca luz y mucho barro.

Una vez que todos estuvimos en la falda de la montaña, nos llevaron al campamento. Allí pasamos la noche durmiendo en hamacas, como durante una buena parte del viaje. Aunque al principio no pueda parecer muy cómodo, uno se acostumbra sin darse cuenta y se descansa bien.

Un día en Ciudad Bolívar, Venezuela

20 Ago

Después de haber hecho escala en Roma, aterrizamos en Caracas, donde la diferencia horaria era de siete horas y media, sí, y media, “para no coincidir con la hora de Estados Unidos”, bromeó alguien aún en el avión.  Teníamos que esperar algunas horas antes de coger el vuelo que nos llevaría a Ciudad Bolívar. Sandra y yo habíamos decidido no visitar Caracas (nadie nos recomendó la visita). De todas maneras, teníamos que salir para hacer el check-in del próximo vuelo en otra terminal.

Al vernos con las mochilas, los policías se nos acercaron para ver si queríamos cambiar dinero. Todos los venezolanos saben que los turistas van cargados de dinero en metálico: cambiando “en negro” en cualquier pensión o agencia de viajes, el cambio es de 9/10 bolívares por euro. Si se retira dinero en un cajero, el cambio es de menos de 5 bolívares por euro, lo que hace la estancia en el país mucho más cara. Ignoramos a la policía, sabíamos que podíamos cambiar de forma segura en la pensión donde íbamos a alojarnos.

Comparado con el vuelo transatlántico que habíamos hecho, el vuelo a Ciudad Bolívar fue corto. Ya no estábamos rodeadas de europeos, quizá éramos las únicas. Al aterrizar ya era de noche y nos estaban esperando para llevarnos  a la pensión donde pasaríamos la noche. Una vez allí, nos acogió una voluminosa mujer que rondaba la cincuentena y que regentaba la pensión con su marido (que había venido a buscarnos). Nos dio la bienvenida y nos recalcó que a la mañana siguiente nos prepararía un buen desayuno completo, con café, huevos, mantequilla,…  y nos daría información sobre la ciudad.

A la mañana siguiente, Sandra y yo, descansadas del viaje, nos instalamos en la cocina donde se servía el desayuno, que como bien nos dijo la señora, estaba compuesto de huevos, café, mantequilla y unas tostadas. La verdad es que esperábamos algo más en el desayuno completo (sobre todo yo, ya que no me gustan los huevos), pero esto no nos impidió comenzar el día con buen pie. Teníamos todo el día por delante para visitar Ciudad Bolívar, que situada al lado del Orinoco, es el punto de partida por excelencia para Canaima y el Salto del Ángel.

Ciudad Bolivar  Catedral de Ciudad Bolivar

Hacía un calor pegajoso que te asfixiaba si caminabas al sol. Por suerte, el centro histórico no era extenso y los antiguos edificios públicos coloniales de grandes patios que visitamos eran muy frescos. Las fachadas estaban pintadas de colores llamativos y las calles eran empinadas.

El Orinoco

Habiendo dejado atrás la zona más turística, un restaurante con una gran terraza a la sombra nos pareció un buen lugar para comer el plato típico: el pabellón criollo. Este plato tradicional es a base de carne, judías negras, queso, plátano frito y arroz básicamente. En aquella época aún comía carne; recuerdo haber comido mucho pollo durante el viaje. A menudo nos preguntaban: “quieren pollo o carne?”, como si el pollo no lo fuese…

Por la tarde, decidimos ir a visitar el Museo de Arte Moderno Jesús Soto, situado en las afueras de la ciudad, pero accesible a pie.

La gente no entendía que quisiéramos caminar para ir a los sitios, y se sorprendían cuando decíamos que ir a un sitio a quince minutos a pie, no era lejos. Los venezolanos van en coche a todas partes. Todo el mundo tiene coche, aunque esté destartalado y tenga bolsas de plástico en lugar de vidrios en las ventanas. La gasolina, más barata que el agua, está al alcance de todos.

Nos pusimos en marcha para el museo. Teníamos un mapa, y salíamos del centro de la ciudad siguiendo la carretera, cuando unos nubarrones amenazadores aparecieron en el cielo. No hicimos caso y seguimos nuestro camino, no debíamos estar muy lejos. A medio camino, se desató la tormenta estival que nos perseguía. No teníamos donde refugiarnos, excepto bajo algunos árboles al lado de la carretera, donde también nos mojábamos. No nos importó el remojón, que fue muy refrescante, el problema es que llegamos al museo chorreando y el aire acondicionado estaba a tope. Fuimos al baño para escurrir la ropa e intentar secarnos como pudimos y aunque pasamos algo de frío, tuvimos suerte y no nos resfriamos.

Nunca había visto tantos vigilantes en un museo tan vacío. Éramos las únicas visitantes en ese momento, y uno de los vigilantes, que vio la oportunidad de escapar al aburrimiento, se nos ofreció para hacernos de guía. El museo, bastante grande, se encuentra en un edificio moderno y expone muchas obras de Jesús Soto y de otros artistas internacionales. Personalmente no conocía al artista, y visitar el museo fue una muy grata sorpresa. El museo fue construido a petición del mismo Jesús Soto (que vivió durante muchos años en Europa) para acercar el arte moderno a su tierra natal. Además, como hay bastante arte cinético, muchas obras requieren la participación del visitante, lo que hace la visita muy  amena.

Plaza Bolivar

Antes de las seis de la tarde, hora en que anochece, estábamos de vuelta en el centro de la ciudad. Fue un día muy completo y suficiente para visitar Ciudad Bolívar.  Fuimos a cenar y preparamos nuestras mochilas para pasar unos días fuera; a la mañana siguiente nos íbamos de excursión durante 3 días al Parque Nacional de Canaima, donde íbamos a ver el Salto del Ángel, la catarata más alta del mundo. Era la mejor estación del año para ir, en verano, en plena temporada de lluvia, cuando el río es más caudaloso. Dejamos el resto de equipaje en la pensión, donde volveríamos a pasar una noche volviendo de Canaima.