Archive | abril, 2013

Callejeando por Guanajuato

22 Abr

Después de mi estancia en México DF, iba en autocar para Guanajuato. Cuando me disponía a bajar, una chica de rasgos asiáticos me dirigió la palabra. Sí, la reconocía, habíamos compartido habitación en el albergue del DF, ya había hablado con ella. ¡Qué coincidencia! Las dos íbamos a pasar unos días en Guanajuato, ahora podríamos hacer juntas la visita.

Qué chica más valiente, pensé. Coreana y no habla ni una palabra de español pero aún así se atreve a coger autobuses y a visitar sitios donde sabe que no la van a entender. Ella debió pensar que qué suerte encontrarse conmigo, ahora iba con alguien que la podría traducir y explicarle lo que decía la gente.
Las dos habíamos reservado alojamiento, en sitios diferentes. Después de pasar por nuestros albergues, salimos a cenar por el centro de la ciudad. No es que no me guste la comida mexicana, pero no estoy acostumbrada a comer picante, por lo que tengo que renunciar a muchos platos. No era el caso de Young Ko, acostumbrada a comer con mucho picante en Corea. Estudiamos un poco el mapa de la ciudad y planificamos lo que íbamos a hacer al día siguiente.

Vista de Guanajuato

Por la mañana hacia un sol radiante, cuesta  imaginar un día de enero con un cielo tan azul. Visitamos el elegante teatro Juárez en la plaza central, y cerca de allí, cogimos un funicular que nos llevó a un mirador desde donde podían contemplarse las coloridas fachadas de las casas, entre las que destacaba el enorme edificio de la universidad.
Después, fuimos a pasear por el mercado, que en esas fechas estaba abarrotado de piñatas de todos tipos. También visitamos la casa-museo de Diego Rivera, originario de Guanajuato. Por la tarde, al pasar otra vez por la plaza central, vimos que vendían billetes para hacer una “callejeada”. No era caro y no teníamos nada previsto para esa noche, por lo que Young Ko estuvo de acuerdo en reservar a pesar del incoveniente idiomático. Fuimos a tomar algo esperando a que fuera la hora de la “callejeada”.

Los porrones Bebiendo del porron

Cuando volvimos, todo estaba listo para la visita: pequeños porrones sobre un cartón en el suelo, y garrafas de bebida para llenarlos (una especie de cóctel de vodka con zumo). Me sorprendió ver que la gente bebía por el pico más grueso del porrón apoyando sus labios en él, y enseñé a Young Ko cómo se bebía en España (aunque yo tampoco lo hago bien).

La visita consistía en seguir a una tuna (“estudiantina”) por las calles del centro, parando cuando hacía falta rellenar los porrones. Me hizo mucha gracia ver que la tradición tan española de la tuna había sido exportada hace mucho tiempo a México, concretamente a Guanajuato. El repertorio de canciones era el mismo que todos conocemos (“cielito lindo”, etc.), así como el atuendo de los tuneros. Young Ko era una de las pocas que no podía cantar, lo que no le impidió divertirse.

Tuvimos mala suerte y empezó a llover, pero protegiéndonos como pudimos, seguimos con la ruta y los músicos no pararon de tocar. Acabamos empapadas pero mereció la pena y mi amiga se llevó el porrón de recuerdo para Corea.

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El temazcal de Tepoztlán

14 Abr

La segunda vez que visité México fue en invierno, a principios de enero. Por esas fechas y para empezar el año con buen pie, es costumbre entre los grupos de amigos mexicanos seguir un ritual de limpieza espiritual en un temazcal.
El temazcal (del náhualt “templo de vapor”) es una construcción prehispánica de piedra con una forma parecida a la de un iglú, pero su interior se convierte en una sauna y siguiendo los consejos del chamán, se realiza la “limpia”.
Tepoztlán, a una distancia razonable del DF (así es como los mexicanos llaman a la capital), es un destino conocido por su oferta para elegir temazcal. Se trata de un pueblo pintoresco al pie del Tepozteco, colina con un templo maya en su cima, que también visitamos.
Laure Aléssia y yo llegamos a Tepoztlán a mediodía. Encontramos un hotel que nos convenía y donde tenían temazcal. Normalmente se hace en grupo, pero en nuestro caso solo éramos dos, por lo que nos dieron hora a las seis de la tarde, para intentar encontrar a más gente interesada y que les saliese más a cuenta encender el temazcal.
Salimos a pasear por el pueblo, donde de pronto aparecieron numerosos carteles anunciando el temazcal de las seis. Aun así, cuando llegó la hora, nos presentamos en biquini y con toallas, como nos indicaron y solo éramos nosotras dos, con nuestro chamán, que parecía muy joven y era el mismo que nos había recibido en el hotel. Este, con la cara pintada y ataviado con la misma planta que cubría el suelo del temazcal, empezó el ritual tocando una corneta y pidiendo permiso a los dioses de los cuatro puntos cardinales para iniciar la ceremonia.México
Entramos agachadas y de espaldas e intentamos acomodarnos (no es fácil cuando se tienen las piernas desnudas y tienes que sentarte encima de unas plantas que pinchan) dentro del temazcal, completamente a oscuras, ya que la puerta quedaba cerrada. Teníamos mucho espacio al ser solo tres, ya que aquel temazcal tenía capacidad para hasta 30 personas. Nos sentamos en círculo, nos cogimos de las manos y nos concentramos para sentir nuestra energía.
Diría que estuvimos en el temazcal al menos durante una hora, sudando igual que en una sauna, respirando el aroma de las hierbas, visualizando nuestros deseos y riendo (esperando no haber ofendido a los dioses) de alguna historia explicada por el joven chamán.
La sorpresa fue al salir, bien relajadas, del temazcal: ya había anochecido y unas velas iluminaban la entrada. Unos ayudantes del chamán, vestidos como él, nos estaban esperando para cumplir el final del rito: tirarnos por encima un cubo de agua fría. Por suerte, estábamos al lado de nuestras habitaciones para cambiarnos y tomar una ducha caliente (que para mayor beneficio del temazcal tendría que haber sido fría).

Los murales de Orgosolo

1 Abr

 

Murales en Orgosolo

Se acercaba el final de nuestras vacaciones en Cerdeña y nos dirigíamos hacia el sur, donde teníamos el vuelo de vuelta previsto desde Cagliari. Nos habían recomendado visitar varios pueblos del centro de la isla y sin saber exactamente lo que íbamos a encontrar, decidimos parar en Orgosolo.

Aparcamos en este pueblo de interior, muy visitado en verano pero casi desierto fuera de temporada  y empezamos a caminar fotografiando sus murales en busca de un bar. Al encontrarlo y nada más entrar, todas las miradas se dirigieron hacia nosotros. Inmediatamente, un hombre de piel curtida y con una vieja gorra publicitando la cerveza local se puso de pie (nos sorprendió su muy pequeña estatura) y empezó a hacernos preguntas.

El resto de personas en el bar escuchaba con interés nuestra conversación con Giuseppe, que se ofrecía amablemente a enseñarnos el pueblo. No teníamos tanto tiempo, debíamos continuar el camino hacia Cagliari, pero fue imposible salir del bar sin que nos invitaran a una ronda. Sí que pudimos evitar la segunda, ofrecida por un señor desde una mesa al fondo del bar. No es que quisiéramos menospreciar la hospitalidad sarda pero ese día íbamos a contrarreloj.

Murales de Orgosolo

Salimos entonces a pasear hacia lo que nos indicaron como el centro del pueblo, donde fue ambientada la película « Banditi a Orgosolo » en 1961, en referencia a la violencia y pobreza que Orgosolo conoció en una época. Las pinturas murales hacen referencia a problemas de la vida política sarda e internacional y están presentes en casi todas las fachadas.

Giuseppe nos explicó que cada verano venían pintores de diferentes nacionalidades para trabajar en la restauración de los murales, patrimonio original y único de este pueblo sardo. También nos animó a volver el 15 de agosto, día de máximo apogeo y celebración en Orgosolo y nos hizo anotar su número de teléfono para organizarnos mejor la próxima vez.