Archivo | mayo, 2013

De viaje por la Costa Oeste

30 May

Fue pura coincidencia que hiciese este viaje. Ese verano aún no tenía claro (y eso es muy raro ) lo que quería hacer durante las vacaciones. Por eso empecé a mirar vuelos por internet para ir a Perú (país que sigue en mi lista de destinos a visitar), pero los precios eran muy elevados. Empecé a a buscar en diferentes comparadores, a cambiar fechas, a filtrar los destinos, … y entre tantas ventanas abiertas en la pantalla del ordenador, apareció un ofertón de British Airways para ir a San Francisco.

No me lo pensé dos veces y reservé. Ya me compraría luego la Lonely Planet para organizar el viaje. Fue en esta guía, mi predilecta, donde encontré información  sobre la compañía The Green Tortoise. Los itinerarios organizados por esta agencia me venían como anillo al dedo: la costa oeste de Estados Unidos es un viaje de muchos kilómetros que suele hacerse en coche; como yo iba sola con mi mochila, sería mucho más fácil y divertido unirme a una excursión organizada con gente como yo.

The Green Tortoise, además de organizar  viajes y excursiones, es propietaria de algunos albergues en Estados Unidos . En su página web (www.greentortoise.com/adventure.travel.html ) se detallan los recorridos con Affordable prices and extraordinary people, gancho publicitario que puedo confirmar después de mi experiencia.

La diferencia con otros organizadores de este tipo de circuitos radica en la especialidad del autocar que hace la ruta y la simpatía y saber hacer de los guías/conductores. Además de servir como medio de transporte, el autocar está perfectamente equipado para ser utilizado como dormitorio y como cocina y lleva las reservas de agua suficientes para los días que se pasen en el desierto. ¡Solo le faltan las duchas!

bus
Me decidí por una excursión de 10 días, “Canyons of the West”. La salida se hacía desde San Francisco, y nos llevaría a Zyon Park, Bryce Canyon, Arches National Park, Monument Valley, Grand Canyon y Las Vegas. Antes de llegar a la estación, ya conocí a algunos de los que serían mis compañeros de viaje en el albergue ( el de Green Tortoise) en San Francisco. Polonia, Italia, Nueva York, San Francisco, Inglaterra, Alemania, India y Malasia eran los lugares de donde provenían mis futuros compañeros de aventuras. Todos viajábamos solos y nos acabábamos de conocer, excepto una pareja de amigas inglesas.

Después de las presentaciones y ya olvidados los nervios y la emoción del viaje, una vez en la autopista,  los colores de la puesta del sol entraron en nuestro autobús. Antes de que cayera la noche, hicimos una parada en un enorme centro comercial en la autopista. Era la primera vez que entraba en un supermercado tan grande, y no solo por el tamaño del establecimiento:  diría que cualquier producto allí expuesto era más grande que los productos que tenemos en Europa. También había muchas promociones para comprar 2 ó 3 artículos iguales y obtener otro de regalo. Estos centros también tienen servicios para gente, que como nosotros, van de camino a algún sitio.

A la hora de pagar, la cajera se quedó atónita al ver a un grupo formado por tantas nacionalidades diferentes. Nos acabábamos de conocer, pero ya sentíamos que estábamos juntos en aquella aventura que empezaba. Mucha gente que cruzamos había escuchado hablar de la Green Tortoise; una vez, incluso, un curioso pidió ver el interior del autocar porque había escuchado hablar de él.

Durante esa parada,  nuestro conductor-guía (en realidad teníamos dos, que se iban turnando para conducir) nos enseñó a transformar las mesas del bus en camas con colchones. Aún no sabíamos que a la mañana siguiente nos despertaríamos rodeados de un paisaje mágico y único que nos acompañaría durante el resto del circuito.

Bryce Canyon
Nuestra rutina sería la de levantarnos temprano, desayunar y prepararnos los bocadillos que nos darían energía para recorrer los parques naturales. Por las noches, preparábamos juntos nuestra cena vegetariana y después conversábamos y cantábamos acompañados de una guitarra alrededor de la hoguera que encendíamos. Alguna vez también “asábamos” marshmallows (como llaman en inglés a nuestras nubes de toda la vida), algo que hasta entonces sólo había visto en las pelis.

El viaje no hubiera sido lo mismo si no hubiese estado en tan buena compañía. La verdad es que tuve suerte de viajar con gente tan abierta, diferente y con ganas de aprovechar al máximo. Aunque también es verdad que si no hubieran sido así, habrían elegido otro tipo de viaje.

Cada día teníamos una pequeña sorpresa. El pequeño inconveniente de nuestro transporte-alojamiento era que no teníamos duchas, lo que diría que al final fue algo positivo ya que añadía un elemento más de creatividad y diversión al viaje. Una noche, el conductor nos preguntó si queríamos recorrer algunos kilómetros de más para bañarnos  en unas aguas termales. El unánime sí, nos hizo acabar bañándonos en medio del desierto bajo las estrellas. La oscuridad de la noche y la distancia de la civilización, me mostraron el cielo como nunca lo había visto antes; incluso se veía la vía láctea.

En otra ocasión, nos bañamos en el Lake Powell, que estaba de camino. El agua estaba fría, pero las ganas de bañarnos eran más fuertes. Está prohibido utilizar jabón en el lago, por suerte, Micah, uno de los americanos del grupo, había comprado en la zona hippy de San Francisco, un jabón ecológico cuyo uso sí estaba permitido y que acabamos compartiendo todos.

Durante el viaje no faltó una excursión a caballo por el mítico Monument Valley y las fotos en la autopista que va de camino y donde Forrest Gump empezó a correr. La visita a las Vegas no faltó en el itinerario, y nos paseamos bajo el cielo azul de Venecia de madrugada. Jun-E, la única asiática del grupo y que no conocía aun Europa, me preguntó: “Pero, en realidad Venecia es así?” y después de volver a mirar el decorado que nos rodeaba, le respondí: “Pues sí, lo único es que en Venecia ves que la ciudad es más vieja y más sucia”. Y es que está muy logrado…

Recuerdo que la noche de antes de llegar al Grand Canyon, estuvimos cenando en un pueblo en medio del desierto y luego fuimos a tomar algo en un bar- karaoke (quizá el único del pueblo), donde fuimos muy bien acogidos. Stacey, la neoyorquina del grupo, nos interpretó muy emotivamente una canción en lenguaje de signos. Todo el mundo se quedó muy impresionado y de hecho, pensaron que debíamos ser sordos. Al final, acabamos cantando todos juntos.

La visita al Grand Canyon estaba prevista en el viaje, pero cada uno de nosotros decidía libremente hasta donde quería llegar. Hay una base a medio camino y otra abajo del todo. Se puede bajar y subir en un mismo día o hacer noche en una de las bases y subir al día siguiente. Todo depende del tiempo que se tenga y de la condición física de cada uno.
La verdad es que yo no tenía un interés especial en bajar al Grand Canyon. No era el objetivo de mi viaje, como sí lo era para algunos de mis nuevos amigos, que me explicaban que sería una oportunidad de vivir una experiencia inolvidable. Por suerte, soy muy fácil de convencer y les seguí. Menos mal que les hice caso, sino, me habría arrepentido toda mi vida.

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Las islas Eolias

6 May

Cuando se visita Sicilia, no puede faltar una escapada a las islas Eolias. Este pequeño archipiélago de islas volcánicas, al nordeste de Sicilia, es de fácil acceso en ferry desde la península. En nuestro caso, Sandra y yo dejamos el coche en Milazzo y nos embarcamos para la isla de Lippari.
Habíamos reservado en Lippari nuestro alojamiento para algunas noches y desde allí visitaríamos las otras islas. Todas tienen alguna particularidad que las diferencia del resto: Vulcano por su fuerte olor a azufre, Panarea por sus elegantes casas de vacaciones, Stromboli por poseer uno de los pocos volcanes activos en el mundo…pero todas están bañadas con agua cristalina y pueden presumir de una variada fauna y flora.

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Durante nuestro periplo por Sicilia, ya habíamos renunciado a la visita del Etna pensando en Stromboli, así que no dudamos en apuntarnos a una excursión en cuanto llegamos. Como ha habido alguna que otra erupción en los últimos años, solo se permite el ascenso al cráter del volcán acompañado de un guía.

Por recomendación de la dueña del apartamento donde dormíamos, reservamos en la agencia de su hija, unas calles más allá. No cabe decir que la población de las Eolias vive del turismo y que fue una suerte poder ir justo antes de que empezara la temporada alta y la población de la isla se multiplicara por tres.

Al día siguiente, iniciamos la aventura partiendo de Lippari en una pequeña embarcación, que nos permitió hacer una breve visita a Panarea antes de llegar a Stromboli. Una vez allí, hay varias tiendas especializadas que alquilan todo el material necesario para el trekking : desde el calzado a las linternas frontales. Hay que ir bien equipado con algo de abrigo, agua y comida, porque aunque el ascenso empieza por la tarde, la excursión acaba de noche.
La caminata bajo el sol empezó a muy buen ritmo. Íbamos cargando con los cascos que son obligatorios una vez arriba, las linternas y las chaquetas (a pesar del calor). Durante la subida, hicimos alguna parada para beber, que el guía aprovechaba para explicarnos la historia del volcán.

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A medio camino, ya veíamos muy lejos el mar y nos dimos cuenta de que la vegetación había desaparecido: la tierra se había convertido en una arena negra, en la que se nos hundían los pies al caminar y que dificultaba la velocidad de la marcha, que en total duró unas 6 horas. Nos pusimos las chaquetas que ahora nos alegrábamos de haber llevado y continuamos el ascenso.
Una vez a 200 metros de la cima (no se permite ir más allá) tuvimos que ponernos los cascos para poder contemplar el espectáculo: entre el humo y la ceniza que traía el viento, podíamos ver cómo empezaba a anochecer. Al lado del sol escondiéndose, veíamos el magma proveniente de las explosiones del cráter. Los estruendos resonaban entre las rocas y hacían que no pudiéramos despegar la mirada del fuego.
Está prohibido sentarse para disfrutar mejor de las vistas porque nunca se sabe si habrá que salir corriendo para esconderse tras una de las barreras protectoras que se encuentran en la cima. Como turistas, a veces un poco inconscientes, empezamos a corear « Explosion ! explosion ! » porque queríamos que en nuestras fotos todo pareciese aún más espectacular. No tuvimos suerte (o quizá sí), y no hubo ninguna explosión fuera de la actividad normal del volcán.

DSCN3601El trekking aún no había acabado, ahora había que iniciar el descenso por la otra ladera de la montaña. Era un camino muy empinado, con mucha arena y algunas rocas. Cada vez que ponías un pie en el suelo, se te hundía, a veces casi hasta el tobillo, por lo que las zapatillas iban llenas de arena durante casi todo el descenso (muy incómodo). Ya no teníamos la misma emoción que a la subida, pero disfrutamos del paisaje nocturno. Bajábamos en fila india con nuestras linternas, iluminados por la luna llena que se reflejaba en el mar, paralelo a nuestro sendero.
Al llegar abajo, nos esperaba nuestro barco para llevarnos de vuelta a Lippari. Nuestras zapatillas y calcetines estaban negros de la arena y hacía mucho frío. Desde el puerto también podíamos ver las erupciones, aunque claro, la emoción no era comparable.