Archive | junio, 2013

Aventura en el Grand Canyon

3 Jun

Era el mes de agosto y hacía mucho calor. Las autoridades americanas son muy estrictas, y obligan a los visitantes a llevar agua abundante y a evitar toda carga innecesaria que pueda dificultar el ascenso. Se dan casos de visitantes que se desorientan, se pierden y mueren deshidratados. Como rezan los carteles del parque nacional “Going down is voluntary, going up is mandatory”.

Grand Canyon

Debido a la insistencia, no llevamos con nosotros sacos de dormir o ropa de abrigo. Solo unos bocadillos, barritas energéticas, mucha agua y un fino colchón para dormir (como los que se usan para hacer yoga).
Era temprano cuando empezamos a bajar. Enseguida nos dividimos en dos grupos, ya que siempre están los que andan rápido (donde me incluyo) y los que se paran a cada minuto para hacer una foto. Los caminos son estrechos, solo se puede ir a pie o en burro. A veces nos cruzábamos con los burros que subían o bajaban cargados de víveres hacia el campamento en la base del cañón. También había muchos turistas como nosotros, que irían disminuyendo en número según íbamos bajando.
Diría que tardamos un par de horas en llegar a la mitad del camino. Siguiendo el consejo de los guardas forestales, decidimos quedarnos allí hasta que el sol empezó a bajar, a eso de las cuatro o las cinco. El camino no es especialmente difícil, el problema es el calor, que te hace sentir mucho más el cansancio y no te deja ir a paso normal.
Aprovechamos la pausa para sacar nuestros bocadillos y conocer a los habitantes más descarados del parque natural: las ardillas. Al principio parecen muy graciosas, por lo que intentas hacer cosas para que se te acerquen y poder fotografiarlas de cerca. Cuando ves el nivel de profesionalismo que tienen para robarte la comida, empiezan a gustarte menos. Y cuando ves su foto en la puerta de los baños públicos pidiendo que no se les dé de comer y aclarando que pueden tener rabia, ya no te las puedes quitar de encima. Pero siguen siendo graciosas.

Squirrel
Por la tarde, con muchas ganas de retomar el descenso y después de las (para mí) excesivas peticiones de precaución por parte de los guardas forestales, nos pusimos en marcha. Otra vez, casi sin querer, nos dividimos en dos grupos. Estábamos solos entre las rocas, rompiendo el silencio por donde pasábamos. Nos comunicamos por señas y de lejos con el grupo que venía detrás: volvían al campamento a medio camino porque un chico se encontraba mal. El calor que iba en aumento según descendíamos y la incerteza de no saber si estábamos siguiendo el itinerario correcto, no jugaban a nuestro favor.
Nosotros decidimos continuar para hacer noche en la base. No podíamos perder tiempo, pronto empezaría a oscurecer. Seguimos caminando y el sol se empezó a poner, haciendo que los tonos rojizos del paisaje se volvieran mucho más intensos. Casi inmediatamente, empezó a refrescar y a oscurecer. Encendimos nuestras linternas. Según el mapa, debíamos estar muy cerca del campamento, pero no llegábamos. En la oscuridad, cruzábamos nuestras miradas con los ojos rojos de los ciervos (sí, de noche, son rojos y asustan).
Después de unos momentos de incertidumbre y de preocupación al ver que nos quedábamos sin agua, cruzamos un largo puente sobre el río y nos acercamos aún más al campamento. Estábamos allí, quizá no lo habíamos reconocido porque no era lo que esperábamos encontrar y menos aún, a la débil luz de una linterna.
Los espacios de acampada estaban delimitados con piedras y tenían unas cajas metálicas para guardar la comida y evitar que atrajese a los animales. Instalamos nuestros “colchones” en el suelo y entonces vimos algunos escorpiones. Como íbamos a dormir prácticamente en el suelo y en pantalón corto, propuse matarlos, pero solo recibí reproches por ser irrespetuosa con la fauna local. Intenté olvidar los escorpiones.
Una vez instalados, decidimos ir a dar una vuelta por el campamento, que estaba completamente a oscuras; así es como nos encontramos en el bar-cantina. Me pareció increíble que desde un lugar tan remoto pudieran enviarse postales. Por eso me envié una a mí misma, en la que casi todos expresamos nuestra emoción: Micah, Jun-E, Kasia y yo. El quinto componente del grupo, Michele, no lo hizo porque no se encontraba bien y prefirió quedarse intentando descansar en el sitio donde íbamos a pasar la noche.
Volviendo de la cantina, vimos una advertencia pidiendo no molestar a las serpientes, que podían ser agresivas. Intentamos no darle importancia al asunto puesto que no habíamos visto ninguna.

GRAND CANYON
Una vez de regreso, Michele nos reprochó el haberle dejado solo cuando una especie de mapache se acercó a marcar su territorio cerca de nuestras “camas”. Tuvimos que cambiarnos de sitio porque el olor era muy fuerte.
Después de esta anécdota, por fin, con las piernas encogidas (eran bastante más largas que el dicho “colchón”) y volviéndome a acordar de los escorpiones, intenté acomodarme para dormir. Hacía frío y podía ver el cielo cargado de estrellas tocando las laderas por las que habíamos bajado. A pesar de lo bucólico del paisaje, no pegué ojo y pasé mucho frío. Como mis compañeros. Nunca antes me había sentido tan lejos de la “civilización”.

El hecho de saber que estábamos fuera de nuestro territorio y rodeados de animales (aunque no los viéramos siempre), nos hacía sentirnos como invasores, exploradores, intrusos. Eso también nos hacía sentirnos vulnerables y a la vez, más solidarios entre nosotros. Durante los casi dos días de excursión, el valor de los recursos a los que estamos acostumbrados cambió. Compartíamos las barritas energéticas como si fuesen tesoros y un trago de agua fresca era el mejor regalo que te hubieran hecho nunca.

El cañón no es una zona de acampada libre, posee algunas infraestructuras básicas, pero eso no impide que pueda sentirse lo salvaje de la naturaleza.

Antes de que saliese el sol y sin ningún esfuerzo para despertarnos, nos pusimos en pie y comenzamos el ascenso. La subida no era dura pero hicimos bien en salir antes que el sol. Llegamos con éste a la mitad del camino, donde cruzamos al grupo que habíamos dejado atrás el día anterior. Ellos iniciaban ahora el descenso.
Después de descansar en el campamento, seguimos subiendo para salir del parque natural. Aquí es cuando realmente tuvimos que esforzarnos. Hacía mucho calor, cada 10 metros teníamos que parar para sentarnos a la sombra y beber. Las ardillas volvían a hacer de las suyas y volvíamos a estar rodeados de gente. Tardamos más del doble de tiempo en subir de lo que habíamos tardado el día anterior para bajar. Pero lo hicimos. We did it!