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Aventura en el Grand Canyon

3 Jun

Era el mes de agosto y hacía mucho calor. Las autoridades americanas son muy estrictas, y obligan a los visitantes a llevar agua abundante y a evitar toda carga innecesaria que pueda dificultar el ascenso. Se dan casos de visitantes que se desorientan, se pierden y mueren deshidratados. Como rezan los carteles del parque nacional “Going down is voluntary, going up is mandatory”.

Grand Canyon

Debido a la insistencia, no llevamos con nosotros sacos de dormir o ropa de abrigo. Solo unos bocadillos, barritas energéticas, mucha agua y un fino colchón para dormir (como los que se usan para hacer yoga).
Era temprano cuando empezamos a bajar. Enseguida nos dividimos en dos grupos, ya que siempre están los que andan rápido (donde me incluyo) y los que se paran a cada minuto para hacer una foto. Los caminos son estrechos, solo se puede ir a pie o en burro. A veces nos cruzábamos con los burros que subían o bajaban cargados de víveres hacia el campamento en la base del cañón. También había muchos turistas como nosotros, que irían disminuyendo en número según íbamos bajando.
Diría que tardamos un par de horas en llegar a la mitad del camino. Siguiendo el consejo de los guardas forestales, decidimos quedarnos allí hasta que el sol empezó a bajar, a eso de las cuatro o las cinco. El camino no es especialmente difícil, el problema es el calor, que te hace sentir mucho más el cansancio y no te deja ir a paso normal.
Aprovechamos la pausa para sacar nuestros bocadillos y conocer a los habitantes más descarados del parque natural: las ardillas. Al principio parecen muy graciosas, por lo que intentas hacer cosas para que se te acerquen y poder fotografiarlas de cerca. Cuando ves el nivel de profesionalismo que tienen para robarte la comida, empiezan a gustarte menos. Y cuando ves su foto en la puerta de los baños públicos pidiendo que no se les dé de comer y aclarando que pueden tener rabia, ya no te las puedes quitar de encima. Pero siguen siendo graciosas.

Squirrel
Por la tarde, con muchas ganas de retomar el descenso y después de las (para mí) excesivas peticiones de precaución por parte de los guardas forestales, nos pusimos en marcha. Otra vez, casi sin querer, nos dividimos en dos grupos. Estábamos solos entre las rocas, rompiendo el silencio por donde pasábamos. Nos comunicamos por señas y de lejos con el grupo que venía detrás: volvían al campamento a medio camino porque un chico se encontraba mal. El calor que iba en aumento según descendíamos y la incerteza de no saber si estábamos siguiendo el itinerario correcto, no jugaban a nuestro favor.
Nosotros decidimos continuar para hacer noche en la base. No podíamos perder tiempo, pronto empezaría a oscurecer. Seguimos caminando y el sol se empezó a poner, haciendo que los tonos rojizos del paisaje se volvieran mucho más intensos. Casi inmediatamente, empezó a refrescar y a oscurecer. Encendimos nuestras linternas. Según el mapa, debíamos estar muy cerca del campamento, pero no llegábamos. En la oscuridad, cruzábamos nuestras miradas con los ojos rojos de los ciervos (sí, de noche, son rojos y asustan).
Después de unos momentos de incertidumbre y de preocupación al ver que nos quedábamos sin agua, cruzamos un largo puente sobre el río y nos acercamos aún más al campamento. Estábamos allí, quizá no lo habíamos reconocido porque no era lo que esperábamos encontrar y menos aún, a la débil luz de una linterna.
Los espacios de acampada estaban delimitados con piedras y tenían unas cajas metálicas para guardar la comida y evitar que atrajese a los animales. Instalamos nuestros “colchones” en el suelo y entonces vimos algunos escorpiones. Como íbamos a dormir prácticamente en el suelo y en pantalón corto, propuse matarlos, pero solo recibí reproches por ser irrespetuosa con la fauna local. Intenté olvidar los escorpiones.
Una vez instalados, decidimos ir a dar una vuelta por el campamento, que estaba completamente a oscuras; así es como nos encontramos en el bar-cantina. Me pareció increíble que desde un lugar tan remoto pudieran enviarse postales. Por eso me envié una a mí misma, en la que casi todos expresamos nuestra emoción: Micah, Jun-E, Kasia y yo. El quinto componente del grupo, Michele, no lo hizo porque no se encontraba bien y prefirió quedarse intentando descansar en el sitio donde íbamos a pasar la noche.
Volviendo de la cantina, vimos una advertencia pidiendo no molestar a las serpientes, que podían ser agresivas. Intentamos no darle importancia al asunto puesto que no habíamos visto ninguna.

GRAND CANYON
Una vez de regreso, Michele nos reprochó el haberle dejado solo cuando una especie de mapache se acercó a marcar su territorio cerca de nuestras “camas”. Tuvimos que cambiarnos de sitio porque el olor era muy fuerte.
Después de esta anécdota, por fin, con las piernas encogidas (eran bastante más largas que el dicho “colchón”) y volviéndome a acordar de los escorpiones, intenté acomodarme para dormir. Hacía frío y podía ver el cielo cargado de estrellas tocando las laderas por las que habíamos bajado. A pesar de lo bucólico del paisaje, no pegué ojo y pasé mucho frío. Como mis compañeros. Nunca antes me había sentido tan lejos de la “civilización”.

El hecho de saber que estábamos fuera de nuestro territorio y rodeados de animales (aunque no los viéramos siempre), nos hacía sentirnos como invasores, exploradores, intrusos. Eso también nos hacía sentirnos vulnerables y a la vez, más solidarios entre nosotros. Durante los casi dos días de excursión, el valor de los recursos a los que estamos acostumbrados cambió. Compartíamos las barritas energéticas como si fuesen tesoros y un trago de agua fresca era el mejor regalo que te hubieran hecho nunca.

El cañón no es una zona de acampada libre, posee algunas infraestructuras básicas, pero eso no impide que pueda sentirse lo salvaje de la naturaleza.

Antes de que saliese el sol y sin ningún esfuerzo para despertarnos, nos pusimos en pie y comenzamos el ascenso. La subida no era dura pero hicimos bien en salir antes que el sol. Llegamos con éste a la mitad del camino, donde cruzamos al grupo que habíamos dejado atrás el día anterior. Ellos iniciaban ahora el descenso.
Después de descansar en el campamento, seguimos subiendo para salir del parque natural. Aquí es cuando realmente tuvimos que esforzarnos. Hacía mucho calor, cada 10 metros teníamos que parar para sentarnos a la sombra y beber. Las ardillas volvían a hacer de las suyas y volvíamos a estar rodeados de gente. Tardamos más del doble de tiempo en subir de lo que habíamos tardado el día anterior para bajar. Pero lo hicimos. We did it!

De viaje por la Costa Oeste

30 May

Fue pura coincidencia que hiciese este viaje. Ese verano aún no tenía claro (y eso es muy raro ) lo que quería hacer durante las vacaciones. Por eso empecé a mirar vuelos por internet para ir a Perú (país que sigue en mi lista de destinos a visitar), pero los precios eran muy elevados. Empecé a a buscar en diferentes comparadores, a cambiar fechas, a filtrar los destinos, … y entre tantas ventanas abiertas en la pantalla del ordenador, apareció un ofertón de British Airways para ir a San Francisco.

No me lo pensé dos veces y reservé. Ya me compraría luego la Lonely Planet para organizar el viaje. Fue en esta guía, mi predilecta, donde encontré información  sobre la compañía The Green Tortoise. Los itinerarios organizados por esta agencia me venían como anillo al dedo: la costa oeste de Estados Unidos es un viaje de muchos kilómetros que suele hacerse en coche; como yo iba sola con mi mochila, sería mucho más fácil y divertido unirme a una excursión organizada con gente como yo.

The Green Tortoise, además de organizar  viajes y excursiones, es propietaria de algunos albergues en Estados Unidos . En su página web (www.greentortoise.com/adventure.travel.html ) se detallan los recorridos con Affordable prices and extraordinary people, gancho publicitario que puedo confirmar después de mi experiencia.

La diferencia con otros organizadores de este tipo de circuitos radica en la especialidad del autocar que hace la ruta y la simpatía y saber hacer de los guías/conductores. Además de servir como medio de transporte, el autocar está perfectamente equipado para ser utilizado como dormitorio y como cocina y lleva las reservas de agua suficientes para los días que se pasen en el desierto. ¡Solo le faltan las duchas!

bus
Me decidí por una excursión de 10 días, “Canyons of the West”. La salida se hacía desde San Francisco, y nos llevaría a Zyon Park, Bryce Canyon, Arches National Park, Monument Valley, Grand Canyon y Las Vegas. Antes de llegar a la estación, ya conocí a algunos de los que serían mis compañeros de viaje en el albergue ( el de Green Tortoise) en San Francisco. Polonia, Italia, Nueva York, San Francisco, Inglaterra, Alemania, India y Malasia eran los lugares de donde provenían mis futuros compañeros de aventuras. Todos viajábamos solos y nos acabábamos de conocer, excepto una pareja de amigas inglesas.

Después de las presentaciones y ya olvidados los nervios y la emoción del viaje, una vez en la autopista,  los colores de la puesta del sol entraron en nuestro autobús. Antes de que cayera la noche, hicimos una parada en un enorme centro comercial en la autopista. Era la primera vez que entraba en un supermercado tan grande, y no solo por el tamaño del establecimiento:  diría que cualquier producto allí expuesto era más grande que los productos que tenemos en Europa. También había muchas promociones para comprar 2 ó 3 artículos iguales y obtener otro de regalo. Estos centros también tienen servicios para gente, que como nosotros, van de camino a algún sitio.

A la hora de pagar, la cajera se quedó atónita al ver a un grupo formado por tantas nacionalidades diferentes. Nos acabábamos de conocer, pero ya sentíamos que estábamos juntos en aquella aventura que empezaba. Mucha gente que cruzamos había escuchado hablar de la Green Tortoise; una vez, incluso, un curioso pidió ver el interior del autocar porque había escuchado hablar de él.

Durante esa parada,  nuestro conductor-guía (en realidad teníamos dos, que se iban turnando para conducir) nos enseñó a transformar las mesas del bus en camas con colchones. Aún no sabíamos que a la mañana siguiente nos despertaríamos rodeados de un paisaje mágico y único que nos acompañaría durante el resto del circuito.

Bryce Canyon
Nuestra rutina sería la de levantarnos temprano, desayunar y prepararnos los bocadillos que nos darían energía para recorrer los parques naturales. Por las noches, preparábamos juntos nuestra cena vegetariana y después conversábamos y cantábamos acompañados de una guitarra alrededor de la hoguera que encendíamos. Alguna vez también “asábamos” marshmallows (como llaman en inglés a nuestras nubes de toda la vida), algo que hasta entonces sólo había visto en las pelis.

El viaje no hubiera sido lo mismo si no hubiese estado en tan buena compañía. La verdad es que tuve suerte de viajar con gente tan abierta, diferente y con ganas de aprovechar al máximo. Aunque también es verdad que si no hubieran sido así, habrían elegido otro tipo de viaje.

Cada día teníamos una pequeña sorpresa. El pequeño inconveniente de nuestro transporte-alojamiento era que no teníamos duchas, lo que diría que al final fue algo positivo ya que añadía un elemento más de creatividad y diversión al viaje. Una noche, el conductor nos preguntó si queríamos recorrer algunos kilómetros de más para bañarnos  en unas aguas termales. El unánime sí, nos hizo acabar bañándonos en medio del desierto bajo las estrellas. La oscuridad de la noche y la distancia de la civilización, me mostraron el cielo como nunca lo había visto antes; incluso se veía la vía láctea.

En otra ocasión, nos bañamos en el Lake Powell, que estaba de camino. El agua estaba fría, pero las ganas de bañarnos eran más fuertes. Está prohibido utilizar jabón en el lago, por suerte, Micah, uno de los americanos del grupo, había comprado en la zona hippy de San Francisco, un jabón ecológico cuyo uso sí estaba permitido y que acabamos compartiendo todos.

Durante el viaje no faltó una excursión a caballo por el mítico Monument Valley y las fotos en la autopista que va de camino y donde Forrest Gump empezó a correr. La visita a las Vegas no faltó en el itinerario, y nos paseamos bajo el cielo azul de Venecia de madrugada. Jun-E, la única asiática del grupo y que no conocía aun Europa, me preguntó: “Pero, en realidad Venecia es así?” y después de volver a mirar el decorado que nos rodeaba, le respondí: “Pues sí, lo único es que en Venecia ves que la ciudad es más vieja y más sucia”. Y es que está muy logrado…

Recuerdo que la noche de antes de llegar al Grand Canyon, estuvimos cenando en un pueblo en medio del desierto y luego fuimos a tomar algo en un bar- karaoke (quizá el único del pueblo), donde fuimos muy bien acogidos. Stacey, la neoyorquina del grupo, nos interpretó muy emotivamente una canción en lenguaje de signos. Todo el mundo se quedó muy impresionado y de hecho, pensaron que debíamos ser sordos. Al final, acabamos cantando todos juntos.

La visita al Grand Canyon estaba prevista en el viaje, pero cada uno de nosotros decidía libremente hasta donde quería llegar. Hay una base a medio camino y otra abajo del todo. Se puede bajar y subir en un mismo día o hacer noche en una de las bases y subir al día siguiente. Todo depende del tiempo que se tenga y de la condición física de cada uno.
La verdad es que yo no tenía un interés especial en bajar al Grand Canyon. No era el objetivo de mi viaje, como sí lo era para algunos de mis nuevos amigos, que me explicaban que sería una oportunidad de vivir una experiencia inolvidable. Por suerte, soy muy fácil de convencer y les seguí. Menos mal que les hice caso, sino, me habría arrepentido toda mi vida.