Aventura en el Grand Canyon

3 Jun

Era el mes de agosto y hacía mucho calor. Las autoridades americanas son muy estrictas, y obligan a los visitantes a llevar agua abundante y a evitar toda carga innecesaria que pueda dificultar el ascenso. Se dan casos de visitantes que se desorientan, se pierden y mueren deshidratados. Como rezan los carteles del parque nacional “Going down is voluntary, going up is mandatory”.

Grand Canyon

Debido a la insistencia, no llevamos con nosotros sacos de dormir o ropa de abrigo. Solo unos bocadillos, barritas energéticas, mucha agua y un fino colchón para dormir (como los que se usan para hacer yoga).
Era temprano cuando empezamos a bajar. Enseguida nos dividimos en dos grupos, ya que siempre están los que andan rápido (donde me incluyo) y los que se paran a cada minuto para hacer una foto. Los caminos son estrechos, solo se puede ir a pie o en burro. A veces nos cruzábamos con los burros que subían o bajaban cargados de víveres hacia el campamento en la base del cañón. También había muchos turistas como nosotros, que irían disminuyendo en número según íbamos bajando.
Diría que tardamos un par de horas en llegar a la mitad del camino. Siguiendo el consejo de los guardas forestales, decidimos quedarnos allí hasta que el sol empezó a bajar, a eso de las cuatro o las cinco. El camino no es especialmente difícil, el problema es el calor, que te hace sentir mucho más el cansancio y no te deja ir a paso normal.
Aprovechamos la pausa para sacar nuestros bocadillos y conocer a los habitantes más descarados del parque natural: las ardillas. Al principio parecen muy graciosas, por lo que intentas hacer cosas para que se te acerquen y poder fotografiarlas de cerca. Cuando ves el nivel de profesionalismo que tienen para robarte la comida, empiezan a gustarte menos. Y cuando ves su foto en la puerta de los baños públicos pidiendo que no se les dé de comer y aclarando que pueden tener rabia, ya no te las puedes quitar de encima. Pero siguen siendo graciosas.

Squirrel
Por la tarde, con muchas ganas de retomar el descenso y después de las (para mí) excesivas peticiones de precaución por parte de los guardas forestales, nos pusimos en marcha. Otra vez, casi sin querer, nos dividimos en dos grupos. Estábamos solos entre las rocas, rompiendo el silencio por donde pasábamos. Nos comunicamos por señas y de lejos con el grupo que venía detrás: volvían al campamento a medio camino porque un chico se encontraba mal. El calor que iba en aumento según descendíamos y la incerteza de no saber si estábamos siguiendo el itinerario correcto, no jugaban a nuestro favor.
Nosotros decidimos continuar para hacer noche en la base. No podíamos perder tiempo, pronto empezaría a oscurecer. Seguimos caminando y el sol se empezó a poner, haciendo que los tonos rojizos del paisaje se volvieran mucho más intensos. Casi inmediatamente, empezó a refrescar y a oscurecer. Encendimos nuestras linternas. Según el mapa, debíamos estar muy cerca del campamento, pero no llegábamos. En la oscuridad, cruzábamos nuestras miradas con los ojos rojos de los ciervos (sí, de noche, son rojos y asustan).
Después de unos momentos de incertidumbre y de preocupación al ver que nos quedábamos sin agua, cruzamos un largo puente sobre el río y nos acercamos aún más al campamento. Estábamos allí, quizá no lo habíamos reconocido porque no era lo que esperábamos encontrar y menos aún, a la débil luz de una linterna.
Los espacios de acampada estaban delimitados con piedras y tenían unas cajas metálicas para guardar la comida y evitar que atrajese a los animales. Instalamos nuestros “colchones” en el suelo y entonces vimos algunos escorpiones. Como íbamos a dormir prácticamente en el suelo y en pantalón corto, propuse matarlos, pero solo recibí reproches por ser irrespetuosa con la fauna local. Intenté olvidar los escorpiones.
Una vez instalados, decidimos ir a dar una vuelta por el campamento, que estaba completamente a oscuras; así es como nos encontramos en el bar-cantina. Me pareció increíble que desde un lugar tan remoto pudieran enviarse postales. Por eso me envié una a mí misma, en la que casi todos expresamos nuestra emoción: Micah, Jun-E, Kasia y yo. El quinto componente del grupo, Michele, no lo hizo porque no se encontraba bien y prefirió quedarse intentando descansar en el sitio donde íbamos a pasar la noche.
Volviendo de la cantina, vimos una advertencia pidiendo no molestar a las serpientes, que podían ser agresivas. Intentamos no darle importancia al asunto puesto que no habíamos visto ninguna.

GRAND CANYON
Una vez de regreso, Michele nos reprochó el haberle dejado solo cuando una especie de mapache se acercó a marcar su territorio cerca de nuestras “camas”. Tuvimos que cambiarnos de sitio porque el olor era muy fuerte.
Después de esta anécdota, por fin, con las piernas encogidas (eran bastante más largas que el dicho “colchón”) y volviéndome a acordar de los escorpiones, intenté acomodarme para dormir. Hacía frío y podía ver el cielo cargado de estrellas tocando las laderas por las que habíamos bajado. A pesar de lo bucólico del paisaje, no pegué ojo y pasé mucho frío. Como mis compañeros. Nunca antes me había sentido tan lejos de la “civilización”.

El hecho de saber que estábamos fuera de nuestro territorio y rodeados de animales (aunque no los viéramos siempre), nos hacía sentirnos como invasores, exploradores, intrusos. Eso también nos hacía sentirnos vulnerables y a la vez, más solidarios entre nosotros. Durante los casi dos días de excursión, el valor de los recursos a los que estamos acostumbrados cambió. Compartíamos las barritas energéticas como si fuesen tesoros y un trago de agua fresca era el mejor regalo que te hubieran hecho nunca.

El cañón no es una zona de acampada libre, posee algunas infraestructuras básicas, pero eso no impide que pueda sentirse lo salvaje de la naturaleza.

Antes de que saliese el sol y sin ningún esfuerzo para despertarnos, nos pusimos en pie y comenzamos el ascenso. La subida no era dura pero hicimos bien en salir antes que el sol. Llegamos con éste a la mitad del camino, donde cruzamos al grupo que habíamos dejado atrás el día anterior. Ellos iniciaban ahora el descenso.
Después de descansar en el campamento, seguimos subiendo para salir del parque natural. Aquí es cuando realmente tuvimos que esforzarnos. Hacía mucho calor, cada 10 metros teníamos que parar para sentarnos a la sombra y beber. Las ardillas volvían a hacer de las suyas y volvíamos a estar rodeados de gente. Tardamos más del doble de tiempo en subir de lo que habíamos tardado el día anterior para bajar. Pero lo hicimos. We did it!

De viaje por la Costa Oeste

30 May

Fue pura coincidencia que hiciese este viaje. Ese verano aún no tenía claro (y eso es muy raro ) lo que quería hacer durante las vacaciones. Por eso empecé a mirar vuelos por internet para ir a Perú (país que sigue en mi lista de destinos a visitar), pero los precios eran muy elevados. Empecé a a buscar en diferentes comparadores, a cambiar fechas, a filtrar los destinos, … y entre tantas ventanas abiertas en la pantalla del ordenador, apareció un ofertón de British Airways para ir a San Francisco.

No me lo pensé dos veces y reservé. Ya me compraría luego la Lonely Planet para organizar el viaje. Fue en esta guía, mi predilecta, donde encontré información  sobre la compañía The Green Tortoise. Los itinerarios organizados por esta agencia me venían como anillo al dedo: la costa oeste de Estados Unidos es un viaje de muchos kilómetros que suele hacerse en coche; como yo iba sola con mi mochila, sería mucho más fácil y divertido unirme a una excursión organizada con gente como yo.

The Green Tortoise, además de organizar  viajes y excursiones, es propietaria de algunos albergues en Estados Unidos . En su página web (www.greentortoise.com/adventure.travel.html ) se detallan los recorridos con Affordable prices and extraordinary people, gancho publicitario que puedo confirmar después de mi experiencia.

La diferencia con otros organizadores de este tipo de circuitos radica en la especialidad del autocar que hace la ruta y la simpatía y saber hacer de los guías/conductores. Además de servir como medio de transporte, el autocar está perfectamente equipado para ser utilizado como dormitorio y como cocina y lleva las reservas de agua suficientes para los días que se pasen en el desierto. ¡Solo le faltan las duchas!

bus
Me decidí por una excursión de 10 días, “Canyons of the West”. La salida se hacía desde San Francisco, y nos llevaría a Zyon Park, Bryce Canyon, Arches National Park, Monument Valley, Grand Canyon y Las Vegas. Antes de llegar a la estación, ya conocí a algunos de los que serían mis compañeros de viaje en el albergue ( el de Green Tortoise) en San Francisco. Polonia, Italia, Nueva York, San Francisco, Inglaterra, Alemania, India y Malasia eran los lugares de donde provenían mis futuros compañeros de aventuras. Todos viajábamos solos y nos acabábamos de conocer, excepto una pareja de amigas inglesas.

Después de las presentaciones y ya olvidados los nervios y la emoción del viaje, una vez en la autopista,  los colores de la puesta del sol entraron en nuestro autobús. Antes de que cayera la noche, hicimos una parada en un enorme centro comercial en la autopista. Era la primera vez que entraba en un supermercado tan grande, y no solo por el tamaño del establecimiento:  diría que cualquier producto allí expuesto era más grande que los productos que tenemos en Europa. También había muchas promociones para comprar 2 ó 3 artículos iguales y obtener otro de regalo. Estos centros también tienen servicios para gente, que como nosotros, van de camino a algún sitio.

A la hora de pagar, la cajera se quedó atónita al ver a un grupo formado por tantas nacionalidades diferentes. Nos acabábamos de conocer, pero ya sentíamos que estábamos juntos en aquella aventura que empezaba. Mucha gente que cruzamos había escuchado hablar de la Green Tortoise; una vez, incluso, un curioso pidió ver el interior del autocar porque había escuchado hablar de él.

Durante esa parada,  nuestro conductor-guía (en realidad teníamos dos, que se iban turnando para conducir) nos enseñó a transformar las mesas del bus en camas con colchones. Aún no sabíamos que a la mañana siguiente nos despertaríamos rodeados de un paisaje mágico y único que nos acompañaría durante el resto del circuito.

Bryce Canyon
Nuestra rutina sería la de levantarnos temprano, desayunar y prepararnos los bocadillos que nos darían energía para recorrer los parques naturales. Por las noches, preparábamos juntos nuestra cena vegetariana y después conversábamos y cantábamos acompañados de una guitarra alrededor de la hoguera que encendíamos. Alguna vez también “asábamos” marshmallows (como llaman en inglés a nuestras nubes de toda la vida), algo que hasta entonces sólo había visto en las pelis.

El viaje no hubiera sido lo mismo si no hubiese estado en tan buena compañía. La verdad es que tuve suerte de viajar con gente tan abierta, diferente y con ganas de aprovechar al máximo. Aunque también es verdad que si no hubieran sido así, habrían elegido otro tipo de viaje.

Cada día teníamos una pequeña sorpresa. El pequeño inconveniente de nuestro transporte-alojamiento era que no teníamos duchas, lo que diría que al final fue algo positivo ya que añadía un elemento más de creatividad y diversión al viaje. Una noche, el conductor nos preguntó si queríamos recorrer algunos kilómetros de más para bañarnos  en unas aguas termales. El unánime sí, nos hizo acabar bañándonos en medio del desierto bajo las estrellas. La oscuridad de la noche y la distancia de la civilización, me mostraron el cielo como nunca lo había visto antes; incluso se veía la vía láctea.

En otra ocasión, nos bañamos en el Lake Powell, que estaba de camino. El agua estaba fría, pero las ganas de bañarnos eran más fuertes. Está prohibido utilizar jabón en el lago, por suerte, Micah, uno de los americanos del grupo, había comprado en la zona hippy de San Francisco, un jabón ecológico cuyo uso sí estaba permitido y que acabamos compartiendo todos.

Durante el viaje no faltó una excursión a caballo por el mítico Monument Valley y las fotos en la autopista que va de camino y donde Forrest Gump empezó a correr. La visita a las Vegas no faltó en el itinerario, y nos paseamos bajo el cielo azul de Venecia de madrugada. Jun-E, la única asiática del grupo y que no conocía aun Europa, me preguntó: “Pero, en realidad Venecia es así?” y después de volver a mirar el decorado que nos rodeaba, le respondí: “Pues sí, lo único es que en Venecia ves que la ciudad es más vieja y más sucia”. Y es que está muy logrado…

Recuerdo que la noche de antes de llegar al Grand Canyon, estuvimos cenando en un pueblo en medio del desierto y luego fuimos a tomar algo en un bar- karaoke (quizá el único del pueblo), donde fuimos muy bien acogidos. Stacey, la neoyorquina del grupo, nos interpretó muy emotivamente una canción en lenguaje de signos. Todo el mundo se quedó muy impresionado y de hecho, pensaron que debíamos ser sordos. Al final, acabamos cantando todos juntos.

La visita al Grand Canyon estaba prevista en el viaje, pero cada uno de nosotros decidía libremente hasta donde quería llegar. Hay una base a medio camino y otra abajo del todo. Se puede bajar y subir en un mismo día o hacer noche en una de las bases y subir al día siguiente. Todo depende del tiempo que se tenga y de la condición física de cada uno.
La verdad es que yo no tenía un interés especial en bajar al Grand Canyon. No era el objetivo de mi viaje, como sí lo era para algunos de mis nuevos amigos, que me explicaban que sería una oportunidad de vivir una experiencia inolvidable. Por suerte, soy muy fácil de convencer y les seguí. Menos mal que les hice caso, sino, me habría arrepentido toda mi vida.

Las islas Eolias

6 May

Cuando se visita Sicilia, no puede faltar una escapada a las islas Eolias. Este pequeño archipiélago de islas volcánicas, al nordeste de Sicilia, es de fácil acceso en ferry desde la península. En nuestro caso, Sandra y yo dejamos el coche en Milazzo y nos embarcamos para la isla de Lippari.
Habíamos reservado en Lippari nuestro alojamiento para algunas noches y desde allí visitaríamos las otras islas. Todas tienen alguna particularidad que las diferencia del resto: Vulcano por su fuerte olor a azufre, Panarea por sus elegantes casas de vacaciones, Stromboli por poseer uno de los pocos volcanes activos en el mundo…pero todas están bañadas con agua cristalina y pueden presumir de una variada fauna y flora.

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Durante nuestro periplo por Sicilia, ya habíamos renunciado a la visita del Etna pensando en Stromboli, así que no dudamos en apuntarnos a una excursión en cuanto llegamos. Como ha habido alguna que otra erupción en los últimos años, solo se permite el ascenso al cráter del volcán acompañado de un guía.

Por recomendación de la dueña del apartamento donde dormíamos, reservamos en la agencia de su hija, unas calles más allá. No cabe decir que la población de las Eolias vive del turismo y que fue una suerte poder ir justo antes de que empezara la temporada alta y la población de la isla se multiplicara por tres.

Al día siguiente, iniciamos la aventura partiendo de Lippari en una pequeña embarcación, que nos permitió hacer una breve visita a Panarea antes de llegar a Stromboli. Una vez allí, hay varias tiendas especializadas que alquilan todo el material necesario para el trekking : desde el calzado a las linternas frontales. Hay que ir bien equipado con algo de abrigo, agua y comida, porque aunque el ascenso empieza por la tarde, la excursión acaba de noche.
La caminata bajo el sol empezó a muy buen ritmo. Íbamos cargando con los cascos que son obligatorios una vez arriba, las linternas y las chaquetas (a pesar del calor). Durante la subida, hicimos alguna parada para beber, que el guía aprovechaba para explicarnos la historia del volcán.

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A medio camino, ya veíamos muy lejos el mar y nos dimos cuenta de que la vegetación había desaparecido: la tierra se había convertido en una arena negra, en la que se nos hundían los pies al caminar y que dificultaba la velocidad de la marcha, que en total duró unas 6 horas. Nos pusimos las chaquetas que ahora nos alegrábamos de haber llevado y continuamos el ascenso.
Una vez a 200 metros de la cima (no se permite ir más allá) tuvimos que ponernos los cascos para poder contemplar el espectáculo: entre el humo y la ceniza que traía el viento, podíamos ver cómo empezaba a anochecer. Al lado del sol escondiéndose, veíamos el magma proveniente de las explosiones del cráter. Los estruendos resonaban entre las rocas y hacían que no pudiéramos despegar la mirada del fuego.
Está prohibido sentarse para disfrutar mejor de las vistas porque nunca se sabe si habrá que salir corriendo para esconderse tras una de las barreras protectoras que se encuentran en la cima. Como turistas, a veces un poco inconscientes, empezamos a corear « Explosion ! explosion ! » porque queríamos que en nuestras fotos todo pareciese aún más espectacular. No tuvimos suerte (o quizá sí), y no hubo ninguna explosión fuera de la actividad normal del volcán.

DSCN3601El trekking aún no había acabado, ahora había que iniciar el descenso por la otra ladera de la montaña. Era un camino muy empinado, con mucha arena y algunas rocas. Cada vez que ponías un pie en el suelo, se te hundía, a veces casi hasta el tobillo, por lo que las zapatillas iban llenas de arena durante casi todo el descenso (muy incómodo). Ya no teníamos la misma emoción que a la subida, pero disfrutamos del paisaje nocturno. Bajábamos en fila india con nuestras linternas, iluminados por la luna llena que se reflejaba en el mar, paralelo a nuestro sendero.
Al llegar abajo, nos esperaba nuestro barco para llevarnos de vuelta a Lippari. Nuestras zapatillas y calcetines estaban negros de la arena y hacía mucho frío. Desde el puerto también podíamos ver las erupciones, aunque claro, la emoción no era comparable.

Callejeando por Guanajuato

22 Abr

Después de mi estancia en México DF, iba en autocar para Guanajuato. Cuando me disponía a bajar, una chica de rasgos asiáticos me dirigió la palabra. Sí, la reconocía, habíamos compartido habitación en el albergue del DF, ya había hablado con ella. ¡Qué coincidencia! Las dos íbamos a pasar unos días en Guanajuato, ahora podríamos hacer juntas la visita.

Qué chica más valiente, pensé. Coreana y no habla ni una palabra de español pero aún así se atreve a coger autobuses y a visitar sitios donde sabe que no la van a entender. Ella debió pensar que qué suerte encontrarse conmigo, ahora iba con alguien que la podría traducir y explicarle lo que decía la gente.
Las dos habíamos reservado alojamiento, en sitios diferentes. Después de pasar por nuestros albergues, salimos a cenar por el centro de la ciudad. No es que no me guste la comida mexicana, pero no estoy acostumbrada a comer picante, por lo que tengo que renunciar a muchos platos. No era el caso de Young Ko, acostumbrada a comer con mucho picante en Corea. Estudiamos un poco el mapa de la ciudad y planificamos lo que íbamos a hacer al día siguiente.

Vista de Guanajuato

Por la mañana hacia un sol radiante, cuesta  imaginar un día de enero con un cielo tan azul. Visitamos el elegante teatro Juárez en la plaza central, y cerca de allí, cogimos un funicular que nos llevó a un mirador desde donde podían contemplarse las coloridas fachadas de las casas, entre las que destacaba el enorme edificio de la universidad.
Después, fuimos a pasear por el mercado, que en esas fechas estaba abarrotado de piñatas de todos tipos. También visitamos la casa-museo de Diego Rivera, originario de Guanajuato. Por la tarde, al pasar otra vez por la plaza central, vimos que vendían billetes para hacer una “callejeada”. No era caro y no teníamos nada previsto para esa noche, por lo que Young Ko estuvo de acuerdo en reservar a pesar del incoveniente idiomático. Fuimos a tomar algo esperando a que fuera la hora de la “callejeada”.

Los porrones Bebiendo del porron

Cuando volvimos, todo estaba listo para la visita: pequeños porrones sobre un cartón en el suelo, y garrafas de bebida para llenarlos (una especie de cóctel de vodka con zumo). Me sorprendió ver que la gente bebía por el pico más grueso del porrón apoyando sus labios en él, y enseñé a Young Ko cómo se bebía en España (aunque yo tampoco lo hago bien).

La visita consistía en seguir a una tuna (“estudiantina”) por las calles del centro, parando cuando hacía falta rellenar los porrones. Me hizo mucha gracia ver que la tradición tan española de la tuna había sido exportada hace mucho tiempo a México, concretamente a Guanajuato. El repertorio de canciones era el mismo que todos conocemos (“cielito lindo”, etc.), así como el atuendo de los tuneros. Young Ko era una de las pocas que no podía cantar, lo que no le impidió divertirse.

Tuvimos mala suerte y empezó a llover, pero protegiéndonos como pudimos, seguimos con la ruta y los músicos no pararon de tocar. Acabamos empapadas pero mereció la pena y mi amiga se llevó el porrón de recuerdo para Corea.

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El temazcal de Tepoztlán

14 Abr

La segunda vez que visité México fue en invierno, a principios de enero. Por esas fechas y para empezar el año con buen pie, es costumbre entre los grupos de amigos mexicanos seguir un ritual de limpieza espiritual en un temazcal.
El temazcal (del náhualt “templo de vapor”) es una construcción prehispánica de piedra con una forma parecida a la de un iglú, pero su interior se convierte en una sauna y siguiendo los consejos del chamán, se realiza la “limpia”.
Tepoztlán, a una distancia razonable del DF (así es como los mexicanos llaman a la capital), es un destino conocido por su oferta para elegir temazcal. Se trata de un pueblo pintoresco al pie del Tepozteco, colina con un templo maya en su cima, que también visitamos.
Laure Aléssia y yo llegamos a Tepoztlán a mediodía. Encontramos un hotel que nos convenía y donde tenían temazcal. Normalmente se hace en grupo, pero en nuestro caso solo éramos dos, por lo que nos dieron hora a las seis de la tarde, para intentar encontrar a más gente interesada y que les saliese más a cuenta encender el temazcal.
Salimos a pasear por el pueblo, donde de pronto aparecieron numerosos carteles anunciando el temazcal de las seis. Aun así, cuando llegó la hora, nos presentamos en biquini y con toallas, como nos indicaron y solo éramos nosotras dos, con nuestro chamán, que parecía muy joven y era el mismo que nos había recibido en el hotel. Este, con la cara pintada y ataviado con la misma planta que cubría el suelo del temazcal, empezó el ritual tocando una corneta y pidiendo permiso a los dioses de los cuatro puntos cardinales para iniciar la ceremonia.México
Entramos agachadas y de espaldas e intentamos acomodarnos (no es fácil cuando se tienen las piernas desnudas y tienes que sentarte encima de unas plantas que pinchan) dentro del temazcal, completamente a oscuras, ya que la puerta quedaba cerrada. Teníamos mucho espacio al ser solo tres, ya que aquel temazcal tenía capacidad para hasta 30 personas. Nos sentamos en círculo, nos cogimos de las manos y nos concentramos para sentir nuestra energía.
Diría que estuvimos en el temazcal al menos durante una hora, sudando igual que en una sauna, respirando el aroma de las hierbas, visualizando nuestros deseos y riendo (esperando no haber ofendido a los dioses) de alguna historia explicada por el joven chamán.
La sorpresa fue al salir, bien relajadas, del temazcal: ya había anochecido y unas velas iluminaban la entrada. Unos ayudantes del chamán, vestidos como él, nos estaban esperando para cumplir el final del rito: tirarnos por encima un cubo de agua fría. Por suerte, estábamos al lado de nuestras habitaciones para cambiarnos y tomar una ducha caliente (que para mayor beneficio del temazcal tendría que haber sido fría).

Los murales de Orgosolo

1 Abr

 

Murales en Orgosolo

Se acercaba el final de nuestras vacaciones en Cerdeña y nos dirigíamos hacia el sur, donde teníamos el vuelo de vuelta previsto desde Cagliari. Nos habían recomendado visitar varios pueblos del centro de la isla y sin saber exactamente lo que íbamos a encontrar, decidimos parar en Orgosolo.

Aparcamos en este pueblo de interior, muy visitado en verano pero casi desierto fuera de temporada  y empezamos a caminar fotografiando sus murales en busca de un bar. Al encontrarlo y nada más entrar, todas las miradas se dirigieron hacia nosotros. Inmediatamente, un hombre de piel curtida y con una vieja gorra publicitando la cerveza local se puso de pie (nos sorprendió su muy pequeña estatura) y empezó a hacernos preguntas.

El resto de personas en el bar escuchaba con interés nuestra conversación con Giuseppe, que se ofrecía amablemente a enseñarnos el pueblo. No teníamos tanto tiempo, debíamos continuar el camino hacia Cagliari, pero fue imposible salir del bar sin que nos invitaran a una ronda. Sí que pudimos evitar la segunda, ofrecida por un señor desde una mesa al fondo del bar. No es que quisiéramos menospreciar la hospitalidad sarda pero ese día íbamos a contrarreloj.

Murales de Orgosolo

Salimos entonces a pasear hacia lo que nos indicaron como el centro del pueblo, donde fue ambientada la película « Banditi a Orgosolo » en 1961, en referencia a la violencia y pobreza que Orgosolo conoció en una época. Las pinturas murales hacen referencia a problemas de la vida política sarda e internacional y están presentes en casi todas las fachadas.

Giuseppe nos explicó que cada verano venían pintores de diferentes nacionalidades para trabajar en la restauración de los murales, patrimonio original y único de este pueblo sardo. También nos animó a volver el 15 de agosto, día de máximo apogeo y celebración en Orgosolo y nos hizo anotar su número de teléfono para organizarnos mejor la próxima vez.

La sagra de Bonnanaro

23 Mar

Uno de los momentos que más disfruto cuando viajo es cuando el azar me convierte en la única turista, en la única cámara de fotos entre los lugareños. El hecho de desmarcarme del “resto” me hace sentir especial, como si estuviese descubriendo algo que otros viajeros no han tenido la suerte de cruzar en su camino. Por eso me gusta hablar con la gente y escuchar sus consejos.

Así es como durante un viaje a Cerdeña, mis amigos italianos (Patrizia, Barbara y Marco) y yo nos encontramos en el pequeño pueblo de Bonnanaro, aproximadamente a una hora de Alghero, festejando una sagra. Esta fiesta tradicional que en algún momento debía tener un sentido religioso, se celebra ahora casi a diario durante los meses de verano y tiene como protagonistas al vino y a la gastronomía local.

Una "cantine"

Al aparcar en la entrada de este pequeño pueblo de interior, compramos “el pase” que nos permitió disfrutar del festín. De hecho, yo no había entendido muy bien lo que nos esperaba; creía que pagábamos por una copa. Pero no, por el módico precio de 10€, recibimos una copa vacía y entonces entendí cómo funcionaba la fiesta: junto con la copa, nos dieron un práctico collar-bolsillo para llevarla cómodamente colgada al cuello; así teníamos las manos libres para comer, porque claro, también había comida! También nos dieron un mapa de las cantine de Bonnanaro, bodegas que abren sus puertas y ofrecen sus mejores vinos.

Empezamos entonces, copa en mano, a pasearnos por Bonnanaro guiándonos más por los grupos de gente que se formaban en las cantine que por el mapa, Al ir degustando el vino, se nos iba abriendo el apetito,  cosa que nos incitaba a probar las especialidades gastronómicas locales y de las que yo destacaría los variados tipos de queso de oveja y cabra de la región.

Para no perder la copa!

Además de la comilona o de la borrachera, según se mire, tuvimos la ocasión de hablar con la gente del pueblo, algunos muy halagados por tener visitantes extranjeros o de “Italia” (del continente, se entiende). Pasamos buena parte de la noche cerca de un escenario donde un grupo tocaba  música tradicional sarda e incluso bailamos con nuestros acogedores amigos.

Acabamos allí casi por casualidad, pero esa fue,sin duda,  la noche que más nos divertimos en Cerdeña.