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Canaima y el Salto del Angel (Venezuela)

3 Sep

Nos despertamos temprano en Ciudad Bolívar para ir al aeropuerto. Esta vez no íbamos a coger un” avión de verdad”, sino una avioneta, pero eso aún no lo sabíamos. Es curioso como incluso hablando el mismo idioma, hay cosas que no son obvias. El avión en cuestión, debía llevarnos a Canaima, desde donde iríamos al Salto del Ángel.

Una vez en el aeródromo, nos hicieron esperar algunas horas. A lo largo del viaje, Sandra y yo tuvimos que aprender a ser pacientes (qué remedio! ) y a adaptarnos al ritmo y manera de hacer caribeñas, aunque siempre hay personas (yo me considero dentro de este grupo) a quién les cuesta más que a otras… Cada vez que alguien pedía nuestro pasaporte y al ver que era español, se nos felicitaba inmediatamente por la reciente victoria de la selección de fútbol en el Mundial. Enseguida la conversación se extendía demasiado en los mostradores de los aeropuertos con filas de gente acalorada esperando . Agradable, cierto, pero poco eficiente también…

Nunca había subido en una avioneta y disfruté de la media hora de trayecto. Era una pequeña avioneta de seis plazas con una llamativa tapicería de leopardo que olía a tigre. Volábamos bajo las nubes y pudimos disfrutar de un paisaje espectacular. El color rojizo de la tierra se mezclaba con las zonas de vegetación que se acumulaban en las orillas del río, y las cataratas, vistas desde arriba, parecían dibujos hechos con espuma en el agua. La visión de esta mezcla de formas y colores me hizo pensar que estaba sobrevolando un mapa.

Vista aérea

Aterrizamos en Canaima. El aeródromo (además de la pista de aterrizaje), se componía de unas cabañas con baños y unos vendedores ambulantes. Desde allí nos llevaron al pequeño poblado en plena naturaleza, donde nuestros bungalows estaban muy cerca de una de las escuelas locales. La señalización se limitaba a algunos paneles con la palabra “playa”, y esa es la dirección que seguimos. La laguna de Canaima es fácilmente reconocible en las fotos por sus tres palmeras y el color cobrizo de sus aguas.

Nuestros guías ya nos habían hablado de los “puri-puri”, unos pequeñísimos y molestos mosquitos a los que les gusta picar a los bañistas. El problema es que en esa zona, además de los picores, pueden causar malaria, por eso nos insistían en protegernos debidamente. Por suerte, pudimos disfrutar del baño tranquilamente.

Tras acomodarnos en los bungalows, conocimos al resto del grupo que venía a hacer la excursión al salto del Ángel: australianos,  europeos y una pareja de Caracas. Esa misma tarde, nuestro guía nos llevó en canoa al punto de partida para hacer un trekking por el parque natural, con numerosos “tepuys”, características montañas con la cima plana, como si fueran mesas. Los indígenas pemones (como nuestro guía), los llaman la “morada de los dioses” en su lengua. La excursión fue un adelanto de lo que nos esperaba al día siguiente: nos ayudó a familiarizarnos con las canoas y a conocernos mejor entre nosotros.

CanaimaA la mañana siguiente, partimos en un bote con motor desde Canaima. Llevábamos puestos los salvavidas y reinaba un entusiasmo general. El trayecto en bote duró un par de horas, pero hicimos algunas paradas por el camino: para refrescarnos con un baño en el Salto del Sapo (pequeña catarata) y para comer. Según las explicaciones del guía, las raíces de los árboles eran la causa del color cobre del agua . En cada orilla, la vegetación era exuberante y a pesar de la belleza del paisaje que nos rodeaba, las ganas de llegar aumentaban a medida que el bote se iba volviendo cada vez más incómodo. Estábamos en verano, era la mejor época del año para ir al Salto del Ángel: durante la temporada de lluvia, la catarata va cargada de agua y el espectáculo es increíble.

De camino al Salto del AngelUna vez que bajamos del bote, teníamos un par de horas de marcha para llegar a la cima enfrente del Salto, el mejor punto para observar la caída del agua. Hacía calor, pero nos abrimos camino entre la frondosa vegetación a buen ritmo, teníamos el tiempo justo para hacerlo antes de que empezara a anochecer. No podíamos apreciarlo desde el interior del bosque, pero las nubes estaban sobre nosotros.

Una vez en la cima, pudimos descubrir la catarata en todo su esplendor. El Salto del Angel o Salto Angel debe su nombre a un aviador estadounidense, Jimmy Angel, que posó su avioneta en la cima.  Nosostros nos encontrábamos a menos de 100 metros de distancia, y aunque habíamos subido a una cierta altura, el Salto del Ángel era aún más alto (por algo es la catarata más alta del mundo! 979 metros, según wikipedia).  Después de hacer algunas fotos de grupo (con cuidado de no caernos de las rocas donde estábamos), nos sentamos a disfrutar de la vista. Escuchamos el agua y seguimos su recorrido con la mirada, desde que la veíamos caer, con el vapor que iba dejando a su alrededor, hasta que rompía contra las rocas que la esperaban abajo.

Y entonces… empezó a llover. Esto precipitó el descenso (tardamos la mitad de tiempo que en subir) y aunque esta vez sí llevábamos impermeable, no fue agradable hacer el descenso bajo la lluvia torrencial, con poca luz y mucho barro.

Una vez que todos estuvimos en la falda de la montaña, nos llevaron al campamento. Allí pasamos la noche durmiendo en hamacas, como durante una buena parte del viaje. Aunque al principio no pueda parecer muy cómodo, uno se acostumbra sin darse cuenta y se descansa bien.

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Un día en Ciudad Bolívar, Venezuela

20 Ago

Después de haber hecho escala en Roma, aterrizamos en Caracas, donde la diferencia horaria era de siete horas y media, sí, y media, “para no coincidir con la hora de Estados Unidos”, bromeó alguien aún en el avión.  Teníamos que esperar algunas horas antes de coger el vuelo que nos llevaría a Ciudad Bolívar. Sandra y yo habíamos decidido no visitar Caracas (nadie nos recomendó la visita). De todas maneras, teníamos que salir para hacer el check-in del próximo vuelo en otra terminal.

Al vernos con las mochilas, los policías se nos acercaron para ver si queríamos cambiar dinero. Todos los venezolanos saben que los turistas van cargados de dinero en metálico: cambiando “en negro” en cualquier pensión o agencia de viajes, el cambio es de 9/10 bolívares por euro. Si se retira dinero en un cajero, el cambio es de menos de 5 bolívares por euro, lo que hace la estancia en el país mucho más cara. Ignoramos a la policía, sabíamos que podíamos cambiar de forma segura en la pensión donde íbamos a alojarnos.

Comparado con el vuelo transatlántico que habíamos hecho, el vuelo a Ciudad Bolívar fue corto. Ya no estábamos rodeadas de europeos, quizá éramos las únicas. Al aterrizar ya era de noche y nos estaban esperando para llevarnos  a la pensión donde pasaríamos la noche. Una vez allí, nos acogió una voluminosa mujer que rondaba la cincuentena y que regentaba la pensión con su marido (que había venido a buscarnos). Nos dio la bienvenida y nos recalcó que a la mañana siguiente nos prepararía un buen desayuno completo, con café, huevos, mantequilla,…  y nos daría información sobre la ciudad.

A la mañana siguiente, Sandra y yo, descansadas del viaje, nos instalamos en la cocina donde se servía el desayuno, que como bien nos dijo la señora, estaba compuesto de huevos, café, mantequilla y unas tostadas. La verdad es que esperábamos algo más en el desayuno completo (sobre todo yo, ya que no me gustan los huevos), pero esto no nos impidió comenzar el día con buen pie. Teníamos todo el día por delante para visitar Ciudad Bolívar, que situada al lado del Orinoco, es el punto de partida por excelencia para Canaima y el Salto del Ángel.

Ciudad Bolivar  Catedral de Ciudad Bolivar

Hacía un calor pegajoso que te asfixiaba si caminabas al sol. Por suerte, el centro histórico no era extenso y los antiguos edificios públicos coloniales de grandes patios que visitamos eran muy frescos. Las fachadas estaban pintadas de colores llamativos y las calles eran empinadas.

El Orinoco

Habiendo dejado atrás la zona más turística, un restaurante con una gran terraza a la sombra nos pareció un buen lugar para comer el plato típico: el pabellón criollo. Este plato tradicional es a base de carne, judías negras, queso, plátano frito y arroz básicamente. En aquella época aún comía carne; recuerdo haber comido mucho pollo durante el viaje. A menudo nos preguntaban: “quieren pollo o carne?”, como si el pollo no lo fuese…

Por la tarde, decidimos ir a visitar el Museo de Arte Moderno Jesús Soto, situado en las afueras de la ciudad, pero accesible a pie.

La gente no entendía que quisiéramos caminar para ir a los sitios, y se sorprendían cuando decíamos que ir a un sitio a quince minutos a pie, no era lejos. Los venezolanos van en coche a todas partes. Todo el mundo tiene coche, aunque esté destartalado y tenga bolsas de plástico en lugar de vidrios en las ventanas. La gasolina, más barata que el agua, está al alcance de todos.

Nos pusimos en marcha para el museo. Teníamos un mapa, y salíamos del centro de la ciudad siguiendo la carretera, cuando unos nubarrones amenazadores aparecieron en el cielo. No hicimos caso y seguimos nuestro camino, no debíamos estar muy lejos. A medio camino, se desató la tormenta estival que nos perseguía. No teníamos donde refugiarnos, excepto bajo algunos árboles al lado de la carretera, donde también nos mojábamos. No nos importó el remojón, que fue muy refrescante, el problema es que llegamos al museo chorreando y el aire acondicionado estaba a tope. Fuimos al baño para escurrir la ropa e intentar secarnos como pudimos y aunque pasamos algo de frío, tuvimos suerte y no nos resfriamos.

Nunca había visto tantos vigilantes en un museo tan vacío. Éramos las únicas visitantes en ese momento, y uno de los vigilantes, que vio la oportunidad de escapar al aburrimiento, se nos ofreció para hacernos de guía. El museo, bastante grande, se encuentra en un edificio moderno y expone muchas obras de Jesús Soto y de otros artistas internacionales. Personalmente no conocía al artista, y visitar el museo fue una muy grata sorpresa. El museo fue construido a petición del mismo Jesús Soto (que vivió durante muchos años en Europa) para acercar el arte moderno a su tierra natal. Además, como hay bastante arte cinético, muchas obras requieren la participación del visitante, lo que hace la visita muy  amena.

Plaza Bolivar

Antes de las seis de la tarde, hora en que anochece, estábamos de vuelta en el centro de la ciudad. Fue un día muy completo y suficiente para visitar Ciudad Bolívar.  Fuimos a cenar y preparamos nuestras mochilas para pasar unos días fuera; a la mañana siguiente nos íbamos de excursión durante 3 días al Parque Nacional de Canaima, donde íbamos a ver el Salto del Ángel, la catarata más alta del mundo. Era la mejor estación del año para ir, en verano, en plena temporada de lluvia, cuando el río es más caudaloso. Dejamos el resto de equipaje en la pensión, donde volveríamos a pasar una noche volviendo de Canaima.