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Las islas Eolias

6 May

Cuando se visita Sicilia, no puede faltar una escapada a las islas Eolias. Este pequeño archipiélago de islas volcánicas, al nordeste de Sicilia, es de fácil acceso en ferry desde la península. En nuestro caso, Sandra y yo dejamos el coche en Milazzo y nos embarcamos para la isla de Lippari.
Habíamos reservado en Lippari nuestro alojamiento para algunas noches y desde allí visitaríamos las otras islas. Todas tienen alguna particularidad que las diferencia del resto: Vulcano por su fuerte olor a azufre, Panarea por sus elegantes casas de vacaciones, Stromboli por poseer uno de los pocos volcanes activos en el mundo…pero todas están bañadas con agua cristalina y pueden presumir de una variada fauna y flora.

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Durante nuestro periplo por Sicilia, ya habíamos renunciado a la visita del Etna pensando en Stromboli, así que no dudamos en apuntarnos a una excursión en cuanto llegamos. Como ha habido alguna que otra erupción en los últimos años, solo se permite el ascenso al cráter del volcán acompañado de un guía.

Por recomendación de la dueña del apartamento donde dormíamos, reservamos en la agencia de su hija, unas calles más allá. No cabe decir que la población de las Eolias vive del turismo y que fue una suerte poder ir justo antes de que empezara la temporada alta y la población de la isla se multiplicara por tres.

Al día siguiente, iniciamos la aventura partiendo de Lippari en una pequeña embarcación, que nos permitió hacer una breve visita a Panarea antes de llegar a Stromboli. Una vez allí, hay varias tiendas especializadas que alquilan todo el material necesario para el trekking : desde el calzado a las linternas frontales. Hay que ir bien equipado con algo de abrigo, agua y comida, porque aunque el ascenso empieza por la tarde, la excursión acaba de noche.
La caminata bajo el sol empezó a muy buen ritmo. Íbamos cargando con los cascos que son obligatorios una vez arriba, las linternas y las chaquetas (a pesar del calor). Durante la subida, hicimos alguna parada para beber, que el guía aprovechaba para explicarnos la historia del volcán.

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A medio camino, ya veíamos muy lejos el mar y nos dimos cuenta de que la vegetación había desaparecido: la tierra se había convertido en una arena negra, en la que se nos hundían los pies al caminar y que dificultaba la velocidad de la marcha, que en total duró unas 6 horas. Nos pusimos las chaquetas que ahora nos alegrábamos de haber llevado y continuamos el ascenso.
Una vez a 200 metros de la cima (no se permite ir más allá) tuvimos que ponernos los cascos para poder contemplar el espectáculo: entre el humo y la ceniza que traía el viento, podíamos ver cómo empezaba a anochecer. Al lado del sol escondiéndose, veíamos el magma proveniente de las explosiones del cráter. Los estruendos resonaban entre las rocas y hacían que no pudiéramos despegar la mirada del fuego.
Está prohibido sentarse para disfrutar mejor de las vistas porque nunca se sabe si habrá que salir corriendo para esconderse tras una de las barreras protectoras que se encuentran en la cima. Como turistas, a veces un poco inconscientes, empezamos a corear « Explosion ! explosion ! » porque queríamos que en nuestras fotos todo pareciese aún más espectacular. No tuvimos suerte (o quizá sí), y no hubo ninguna explosión fuera de la actividad normal del volcán.

DSCN3601El trekking aún no había acabado, ahora había que iniciar el descenso por la otra ladera de la montaña. Era un camino muy empinado, con mucha arena y algunas rocas. Cada vez que ponías un pie en el suelo, se te hundía, a veces casi hasta el tobillo, por lo que las zapatillas iban llenas de arena durante casi todo el descenso (muy incómodo). Ya no teníamos la misma emoción que a la subida, pero disfrutamos del paisaje nocturno. Bajábamos en fila india con nuestras linternas, iluminados por la luna llena que se reflejaba en el mar, paralelo a nuestro sendero.
Al llegar abajo, nos esperaba nuestro barco para llevarnos de vuelta a Lippari. Nuestras zapatillas y calcetines estaban negros de la arena y hacía mucho frío. Desde el puerto también podíamos ver las erupciones, aunque claro, la emoción no era comparable.

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La sagra de Bonnanaro

23 Mar

Uno de los momentos que más disfruto cuando viajo es cuando el azar me convierte en la única turista, en la única cámara de fotos entre los lugareños. El hecho de desmarcarme del “resto” me hace sentir especial, como si estuviese descubriendo algo que otros viajeros no han tenido la suerte de cruzar en su camino. Por eso me gusta hablar con la gente y escuchar sus consejos.

Así es como durante un viaje a Cerdeña, mis amigos italianos (Patrizia, Barbara y Marco) y yo nos encontramos en el pequeño pueblo de Bonnanaro, aproximadamente a una hora de Alghero, festejando una sagra. Esta fiesta tradicional que en algún momento debía tener un sentido religioso, se celebra ahora casi a diario durante los meses de verano y tiene como protagonistas al vino y a la gastronomía local.

Una "cantine"

Al aparcar en la entrada de este pequeño pueblo de interior, compramos “el pase” que nos permitió disfrutar del festín. De hecho, yo no había entendido muy bien lo que nos esperaba; creía que pagábamos por una copa. Pero no, por el módico precio de 10€, recibimos una copa vacía y entonces entendí cómo funcionaba la fiesta: junto con la copa, nos dieron un práctico collar-bolsillo para llevarla cómodamente colgada al cuello; así teníamos las manos libres para comer, porque claro, también había comida! También nos dieron un mapa de las cantine de Bonnanaro, bodegas que abren sus puertas y ofrecen sus mejores vinos.

Empezamos entonces, copa en mano, a pasearnos por Bonnanaro guiándonos más por los grupos de gente que se formaban en las cantine que por el mapa, Al ir degustando el vino, se nos iba abriendo el apetito,  cosa que nos incitaba a probar las especialidades gastronómicas locales y de las que yo destacaría los variados tipos de queso de oveja y cabra de la región.

Para no perder la copa!

Además de la comilona o de la borrachera, según se mire, tuvimos la ocasión de hablar con la gente del pueblo, algunos muy halagados por tener visitantes extranjeros o de “Italia” (del continente, se entiende). Pasamos buena parte de la noche cerca de un escenario donde un grupo tocaba  música tradicional sarda e incluso bailamos con nuestros acogedores amigos.

Acabamos allí casi por casualidad, pero esa fue,sin duda,  la noche que más nos divertimos en Cerdeña.